Lunes 19 de Octubre de 2026.
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Salmo 73 (RVR1960) Profetas y Reyes
LIBRO III
El destino de los malos
Salmo de Asaf.
1 Ciertamente es bueno Dios para con Israel,
Para con los limpios de corazón.
2 En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies;
Por poco resbalaron mis pasos.
3 Porque tuve envidia de los arrogantes,
Viendo la prosperidad de los impíos.
4 Porque no tienen congojas por su muerte,
Pues su vigor está entero.
5 No pasan trabajos como los otros mortales,
Ni son azotados como los demás hombres.
6 Por tanto, la soberbia los corona;
Se cubren de vestido de violencia.
7 Los ojos se les saltan de gordura;
Logran con creces los antojos del corazón.
8 Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia;
Hablan con altanería.
9 Ponen su boca contra el cielo,
Y su lengua pasea la tierra.
10 Por eso Dios hará volver a su pueblo aquí,
Y aguas en abundancia serán extraídas para ellos.
11 Y dicen: ¿Cómo sabe Dios?
¿Y hay conocimiento en el Altísimo?
12 He aquí estos impíos,
Sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas.
13 Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón,
Y lavado mis manos en inocencia;
14 Pues he sido azotado todo el día,
Y castigado todas las mañanas.
15 Si dijera yo: Hablaré como ellos,
He aquí, a la generación de tus hijos engañaría.
16 Cuando pensé para saber esto,
Fue duro trabajo para mí,
17 Hasta que entrando en el santuario de Dios,
Comprendí el fin de ellos.
18 Ciertamente los has puesto en deslizaderos;
En asolamientos los harás caer.
19 ¡Cómo han sido asolados de repente!
Perecieron, se consumieron de terrores.
20 Como sueño del que despierta,
Así, Señor, cuando despertares, menospreciarás su apariencia.
21 Se llenó de amargura mi alma,
Y en mi corazón sentía punzadas.
22 Tan torpe era yo, que no entendía;
Era como una bestia delante de ti.
23 Con todo, yo siempre estuve contigo;
Me tomaste de la mano derecha.
24 Me has guiado según tu consejo,
Y después me recibirás en gloria.
25 ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?
Y fuera de ti nada deseo en la tierra.
26 Mi carne y mi corazón desfallecen;
Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.
27 Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán;
Tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta.
28 Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien;
He puesto en Jehová el Señor mi esperanza,
Para contar todas tus obras.
Comentario del Capitulo

Capítulo 41—El horno de fuego
Con recursos de sus grandes tesoros, Nabucodonosor hizo hacer una gran imagen de oro, similar en sus rasgos generales a la que había visto en visión, menos en un detalle relativo al material de que se componía. Aunque acostumbrados a magníficas representaciones de sus divinidades paganas, los caldeos no habían producido antes cosa alguna tan imponente ni majestuosa como esta estatua resplandeciente, de sesenta codos de altura y seis codos de anchura. No es sorprendente que en una tierra donde la adoración de los ídolos era universal, la hermosa e inestimable imagen levantada en la llanura de Dura para representar la gloria, la magnificencia y el poder de Babilonia, fuese consagrada como objeto de culto. Así se dispuso, y se decretó que en el día de la dedicación todos manifestasen su suprema lealtad al poder babilónico postrándose ante la imagen.
Llegó el día señalado, y un vasto concurso de todos los “pueblos, naciones, y lenguas,” se congregó en la llanura de Dura. De acuerdo con la orden del rey, cuando se oyó el sonido de la música, todos los pueblos “se postraron, y adoraron la estatua de oro.” En aquel día decisivo las potestades de las tinieblas parecían ganar un triunfo señalado; el culto de la imagen de oro parecía destinado a quedar relacionado de un modo permanente con las formas establecidas de la idolatría reconocida como religión del estado en aquella tierra. Satanás esperaba derrotar así el propósito que Dios tenía, de hacer de la presencia del cautivo Israel en Babilonia un medio de bendecir a todas las naciones paganas.
Pero Dios decretó otra cosa. No todos habían doblegado la rodilla ante el símbolo idólatra del poder humano. En medio de la multitud de adoradores había tres hombres que estaban firmemente resueltos a no deshonrar así al Dios del cielo. Su Dios era Rey de reyes y Señor de señores; ante ningún otro se postrarían.
A Nabucodonosor, entusiasmado por su triunfo, se le comunicó que entre sus súbditos había algunos que se atrevían a desobedecer su mandato. Ciertos sabios, celosos de los honores que se habían concedido a los fieles compañeros de Daniel, informaron al rey acerca de la flagrante violación de sus deseos. Exclamaron: “Rey, para siempre vive... Hay unos varones Judíos, los cuales pusiste tú sobre los negocios de la provincia de Babilonia; Sadrach, Mesach, y Abed-nego: estos varones, oh rey, no han hecho cuenta de ti; no adoran tus dioses, no adoran la estatua de oro que tú levantaste.”
El rey ordenó que esos hombres fuesen traídos delante de él. Preguntó: “¿Es verdad Sadrach, Mesach, y Abed-nego, que vosotros no honráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado?” Por medio de amenazas procuró inducirlos a unirse con la multitud. Señalando el horno de fuego, les recordó el castigo que los esperaba si persistían en su negativa a obedecer su voluntad. Pero con firmeza los hebreos atestiguaron su fidelidad al Dios del cielo, y su fe en su poder para librarlos. Todos comprendían que el acto de postrarse ante la imagen era un acto de culto. Y sólo a Dios podían ellos rendir un homenaje tal.
Mientras los tres hebreos estaban delante del rey, él se convenció de que poseían algo que no tenían los otros sabios de su reino. Habían sido fieles en el cumplimiento de todos sus deberes. Les daría otra oportunidad. Si tan sólo indicaban buena disposición a unirse con la multitud para adorar la imagen, les iría bien; pero “si no la adorareis—añadió,—en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo.” Y con la mano extendida hacia arriba en son de desafío, preguntó: “¿Qué dios será aquel que os libre de mis manos?”
Vanas fueron las amenazas del rey. No podía desviar a esos hombres de su fidelidad al Príncipe del universo. De la historia de sus padres habían aprendido que la desobediencia a Dios resulta en deshonor, desastre y muerte; y que el temor de Jehová es el principio de la sabiduría, el fundamento de toda prosperidad verdadera. Mirando con calma el horno, dijeron: “No cuidamos de responderte sobre este negocio. He aquí nuestro Dios a quien honramos, puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará.” Su fe quedó fortalecida cuando declararon que Dios sería glorificado libertándolos, y con una seguridad triunfante basada en una fe implícita en Dios, añadieron: “Y si no, sepas, oh rey, que tu dios no adoraremos, ni tampoco honraremos la estatua que has levantado.”
La ira del rey no conoció límites. “Lleno de ira, ... demudóse la figura de su rostro sobre Sadrach, Mesach, y Abednego,” representantes de una raza despreciada y cautiva. Ordenando que se calentase el horno siete veces más que de costumbre, mandó a hombres fuertes de su ejército que atasen a los adoradores del Dios de Israel para ejecutarlos sumariamente.
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