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Martes 28 de Mayo de 2024.

  • Foto del escritor: Amado V FV
    Amado V FV
  • 28 may 2024
  • 4 Min. de lectura

Oseas 4 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.



Controversia de Jehová con Israel

1 Oíd palabra de Jehová, hijos de Israel, porque Jehová contiende con los moradores de la tierra; porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra. 2 Perjurar, mentir, matar, hurtar y adulterar prevalecen, y homicidio tras homicidio se suceden. 3 Por lo cual se enlutará la tierra, y se extenuará todo morador de ella, con las bestias del campo y las aves del cielo; y aun los peces del mar morirán.


4 Ciertamente hombre no contienda ni reprenda a hombre, porque tu pueblo es como los que resisten al sacerdote. 5 Caerás por tanto en el día, y caerá también contigo el profeta de noche; y a tu madre destruiré. 6 Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.


7 Conforme a su grandeza, así pecaron contra mí; también yo cambiaré su honra en afrenta. 8 Del pecado de mi pueblo comen, y en su maldad levantan su alma. 9 Y será el pueblo como el sacerdote; le castigaré por su conducta, y le pagaré conforme a sus obras. 10 Comerán, pero no se saciarán; fornicarán, mas no se multiplicarán, porque dejaron de servir a Jehová.


11 Fornicación, vino y mosto quitan el juicio. 12 Mi pueblo a su ídolo de madera pregunta, y el leño le responde; porque espíritu de fornicaciones lo hizo errar, y dejaron a su Dios para fornicar. 13 Sobre las cimas de los montes sacrificaron, e incensaron sobre los collados, debajo de las encinas, álamos y olmos que tuviesen buena sombra; por tanto, vuestras hijas fornicarán, y adulterarán vuestras nueras. 14 No castigaré a vuestras hijas cuando forniquen, ni a vuestras nueras cuando adulteren; porque ellos mismos se van con rameras, y con malas mujeres sacrifican; por tanto, el pueblo sin entendimiento caerá.


15 Si fornicas tú, Israel, a lo menos no peque Judá; y no entréis en Gilgal, ni subáis a Bet-avén, ni juréis: Vive Jehová. 16 Porque como novilla indómita se apartó Israel; ¿los apacentará ahora Jehová como a corderos en lugar espacioso?


17 Efraín es dado a ídolos; déjalo. 18 Su bebida se corrompió; fornicaron sin cesar; sus príncipes amaron lo que avergüenza. 19 El viento los ató en sus alas, y de sus sacrificios serán avergonzados.


Comentario del Capitulo




Capítulo 32-33 El centurión


A unos treinta kilómetros de Capernaúm, en una altiplanicie que dominaba la ancha y hermosa llanura de Esdraelón, se hallaba la aldea de Naín, hacia la cual Jesús encaminó luego sus pasos. Le acompañaban muchos de sus discípulos, con otras personas, y a lo largo de todo el camino la gente acudía, deseosa de oír sus palabras de amor y compasión, trayéndole sus enfermos para que los sanase, y siempre con la esperanza de que el que ejercía tan maravilloso poder se declararía Rey de Israel. Una multitud le rodeaba a cada paso; pero era una muchedumbre alegre y llena de expectativa la que le seguía por la senda pedregosa que llevaba hacia las puertas de la aldea montañesa.


Mientras se acercaban, vieron venir hacia ellos un cortejo fúnebre que salía de las puertas. A paso lento y triste, se encaminaba hacia el cementerio. En un féretro abierto, llevado al frente, se hallaba el cuerpo del muerto, y en derredor de él estaban las plañideras, que llenaban el aire con sus llantos. Todos los habitantes del pueblo parecían haberse reunido para demostrar su respeto al muerto y su simpatía hacia sus afligidos deudos.


Era una escena propia para despertar simpatías. El muerto era el hijo unigénito de su madre viuda. La solitaria doliente iba siguiendo a la sepultura a su único apoyo y consuelo terrenal. “Y como el Señor la vió, compadecióse de ella.” Mientras ella seguía ciegamente llorando, sin notar su presencia, él se acercó a ella, y amablemente le dijo: “No llores.” Jesús estaba por cambiar su pesar en gozo, pero no podía evitar esta expresión de tierna simpatía.


“Y acercándose, tocó el féretro.” Ni aun el contacto con la muerte podía contaminarle. Los portadores se pararon y cesaron los lamentos de las plañideras. Los dos grupos se reunieron alrededor del féretro, esperando contra toda esperanza. Allí se hallaba un hombre que había desterrado la enfermedad y vencido demonios; ¿estaba también la muerte sujeta a su poder?


Con voz clara y llena de autoridad pronunció estas palabras: “Mancebo, a ti digo, levántate.” Esa voz penetra los oídos del muerto. El joven abre los ojos, Jesús le toma de la mano y lo levanta. Su mirada se posa sobre la que estaba llorando junto a él, y madre e hijo se unen en un largo, estrecho y gozoso abrazo. La multitud mira en silencio, como hechizada. “Y todos tuvieron miedo.” Por un rato permanecieron callados y reverentes, como en la misma presencia de Dios. Luego “glorificaban a Dios, diciendo: Que un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y que Dios ha visitado a su pueblo.” El cortejo fúnebre volvió a Naín como una procesión triunfal. “Y salió esta fama de él por toda Judea, y por toda la tierra de alrededor.”


El que estuvo al lado de la apesadumbrada madre cerca de la puerta de Naín, vela con toda persona que llora junto a un ataúd. Se conmueve de simpatía por nuestro pesar. Su corazón, que amó y se compadeció, es un corazón de invariable ternura. Su palabra, que resucitó a los muertos, no es menos eficaz ahora que cuando se dirigió al joven de Naín. El dice: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.” Ese poder no ha sido disminuído por el transcurso de los años, ni agotado por la incesante actividad de su rebosante gracia. Para todos los que creen en él, es todavía un Salvador viviente.


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