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Martes 29 de Septiembre de 2026.

hace 6 minutos
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Salmo 53 (RVR1960) Profetas y Reyes



Insensatez y maldad de los hombres

(Sal. 14.1-7)

Al músico principal; sobre Mahalat. Masquil de David.

1 Dice el necio en su corazón: No hay Dios.


Se han corrompido, e hicieron abominable maldad;


No hay quien haga bien.


2 Dios desde los cielos miró sobre los hijos de los hombres,


Para ver si había algún entendido


Que buscara a Dios.


3 Cada uno se había vuelto atrás; todos se habían corrompido;


No hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno.


4 ¿No tienen conocimiento todos los que hacen iniquidad,


Que devoran a mi pueblo como si comiesen pan,


Y a Dios no invocan?


5 Allí se sobresaltaron de pavor donde no había miedo,


Porque Dios ha esparcido los huesos del que puso asedio contra ti;


Los avergonzaste, porque Dios los desechó.


6 ¡Oh, si saliera de Sion la salvación de Israel!


Cuando Dios hiciere volver de la cautividad a su pueblo,


Se gozará Jacob, y se alegrará Israel.


Comentario del Capitulo





Capítulo 36—El último rey de Judá


Mediante Daniel y otros cautivos hebreos, el monarca babilónico había llegado a conocer el poder y la autoridad suprema del Dios verdadero; y cuando Sedequías volvió a prometer solemnemente que le permanecería leal, Nabucodonosor le pidió que jurase esta promesa en nombre del Señor Jehová Dios de Israel. Si Sedequías hubiese respetado esta renovación de su pacto jurado, su lealtad habría ejercido una influencia profunda en el espíritu de muchos de los que observaban la conducta de quienes aseveraban reverenciar el nombre del Dios de los hebreos y apreciar su honor.


Pero el rey de Judá perdió de vista su alto privilegio de honrar el nombre del Dios viviente. Acerca de Sedequías ha quedado escrito: “Hizo lo malo en ojos de Jehová su Dios, y no se humilló delante de Jeremías profeta, que le hablaba de parte de Jehová. Rebelóse asimismo contra Nabucodonosor, al cual había jurado por Dios; y endureció su cerviz, y obstinó su corazón, para no volverse a Jehová el Dios de Israel.” 2 Crónicas 36:12, 13.


Mientras Jeremías continuaba dando su testimonio en la tierra de Judá, el profeta Ezequiel fué suscitado de entre los cautivos de Babilonia para dar advertencias y consuelo a los desterrados, y para confirmar la palabra del Señor que hablaba Jeremías. Durante los años que quedaban del reinado de Sedequías, Ezequiel señaló claramente cuán insensato era confiar en las falsas predicciones de los que inducían a los cautivos a esperar un pronto regreso a Jerusalén. También se le indicó que predijera, por medio de una variedad de símbolos y mensajes solemnes, el asedio de Jerusalén y su completa destrucción.


En el sexto año del reinado de Sedequías, el Señor reveló a Ezequiel en visión algunas de las abominaciones que se estaban practicando en Jerusalén y dentro de las puertas de la casa del Señor, aun en el atrio interior. Las cámaras llenas de imágenes e ídolos que representaban “serpientes, y animales de abominación, y todos los ídolos de la casa de Israel” (Ezequiel 8:10),—todas estas cosas pasaron en rápida sucesión ante la mirada asombrada del profeta.


A los que debieran haber sido guías espirituales del pueblo, “los ancianos de la casa de Israel,” en número de setenta, los vió ofreciendo incienso ante las representaciones idólatras que se habían introducido en cámaras ocultas dentro de las sagradas dependencias del atrio del templo. Los hombres de Judá se alentaban en sus prácticas paganas haciendo estas declaraciones blasfemas: “No nos ve Jehová; Jehová ha dejado la tierra.” Vers. 11, 12.


El profeta había de ver “abominaciones mayores” aún. Le fueron mostradas, ante la puerta que conducía del atrio exterior al interior, “mujeres que estaban allí sentadas endechando a Tammuz;” y “en el atrio de adentro de la casa de Jehová, ... a la entrada del templo de Jehová, entre la entrada y el altar, como veinticinco varones, sus espaldas vueltas al templo de Jehová y sus rostros al oriente, y encorvábanse al nacimiento del sol.” Vers. 13-16.


Entonces el Ser glorioso que acompañaba a Ezequiel en toda esta asombrosa visión de la impiedad en las altas esferas de la tierra de Judá, preguntó al profeta: “¿No has visto, hijo del hombre? ¿Es cosa liviana para la casa de Judá hacer las abominaciones que hacen aquí? Después que han llenado la tierra de maldad, y se tornaron a irritarme, he aquí que ponen hedor a mis narices. Pues también yo haré en mi furor; no perdonará mi ojo, ni tendré misericordia, y gritarán a mis oídos con gran voz, y no los oiré.” Vers. 17, 18.


Mediante Jeremías el Señor había declarado a los impíos que se atrevían presuntuosamente a presentarse en su nombre ante el pueblo: “Porque así el profeta como el sacerdote son fingidos: aun en mi casa hallé su maldad.” Jeremías 23:11. En la terrible acusación dirigida contra Judá según se relata al final de la narración que el cronista dejó acerca del reinado de Sedequías, se repitió así la acusación de que era violada la santidad del templo: “Y también todos los príncipes de los sacerdotes, y el pueblo, aumentaron la prevaricación, siguiendo todas las abominaciones de las gentes, y contaminando la casa de Jehová, la cual él había santificado en Jerusalem.” 2 Crónicas 36:14.


Se estaba acercando rápidamente el día de condenación para los habitantes del reino de Judá. Ya no podía el Señor ofrecerles la esperanza de que evitarían sus juicios más severos. Les dijo: “¿Y vosotros seréis absueltos? No seréis absueltos.” Jeremías 25:29.








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