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Sábado 13 de Julio de 2024.

  • Foto del escritor: Amado V FV
    Amado V FV
  • 13 jul 2024
  • 6 Min. de lectura

Zacarías 1 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.



Llamamiento a volver a Jehová

1 En el octavo mes del año segundo de Darío, vino palabra de Jehová al profeta Zacarías hijo de Berequías, hijo de Iddo, diciendo: 2 Se enojó Jehová en gran manera contra vuestros padres. 3 Diles, pues: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos a mí, dice Jehová de los ejércitos, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos. 4 No seáis como vuestros padres, a los cuales clamaron los primeros profetas, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos ahora de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras; y no atendieron, ni me escucharon, dice Jehová. 5 Vuestros padres, ¿dónde están?; y los profetas, ¿han de vivir para siempre? 6 Pero mis palabras y mis ordenanzas que mandé a mis siervos los profetas, ¿no alcanzaron a vuestros padres? Por eso volvieron ellos y dijeron: Como Jehová de los ejércitos pensó tratarnos conforme a nuestros caminos, y conforme a nuestras obras, así lo hizo con nosotros.


La visión de los caballos

7 A los veinticuatro días del mes undécimo, que es el mes de Sebat, en el año segundo de Darío, vino palabra de Jehová al profeta Zacarías hijo de Berequías, hijo de Iddo, diciendo: 8 Vi de noche, y he aquí un varón que cabalgaba sobre un caballo alazán, el cual estaba entre los mirtos que había en la hondura; y detrás de él había caballos alazanes, overos y blancos. 9 Entonces dije: ¿Qué son estos, señor mío? Y me dijo el ángel que hablaba conmigo: Yo te enseñaré lo que son estos. 10 Y aquel varón que estaba entre los mirtos respondió y dijo: Estos son los que Jehová ha enviado a recorrer la tierra. 11 Y ellos hablaron a aquel ángel de Jehová que estaba entre los mirtos, y dijeron: Hemos recorrido la tierra, y he aquí toda la tierra está reposada y quieta. 12 Respondió el ángel de Jehová y dijo: Oh Jehová de los ejércitos, ¿hasta cuándo no tendrás piedad de Jerusalén, y de las ciudades de Judá, con las cuales has estado airado por espacio de setenta años? 13 Y Jehová respondió buenas palabras, palabras consoladoras, al ángel que hablaba conmigo. 14 Y me dijo el ángel que hablaba conmigo: Clama diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Celé con gran celo a Jerusalén y a Sion. 15 Y estoy muy airado contra las naciones que están reposadas; porque cuando yo estaba enojado un poco, ellos agravaron el mal. 16 Por tanto, así ha dicho Jehová: Yo me he vuelto a Jerusalén con misericordia; en ella será edificada mi casa, dice Jehová de los ejércitos, y la plomada será tendida sobre Jerusalén. 17 Clama aún, diciendo: Así dice Jehová de los ejércitos: Aún rebosarán mis ciudades con la abundancia del bien, y aún consolará Jehová a Sion, y escogerá todavía a Jerusalén.


Visión de los cuernos y los carpinteros

18 Después alcé mis ojos y miré, y he aquí cuatro cuernos. 19 Y dije al ángel que hablaba conmigo: ¿Qué son estos? Y me respondió: Estos son los cuernos que dispersaron a Judá, a Israel y a Jerusalén. 20 Me mostró luego Jehová cuatro carpinteros. 21 Y yo dije: ¿Qué vienen estos a hacer? Y me respondió, diciendo: Aquellos son los cuernos que dispersaron a Judá, tanto que ninguno alzó su cabeza; mas estos han venido para hacerlos temblar, para derribar los cuernos de las naciones que alzaron el cuerno sobre la tierra de Judá para dispersarla.



Comentario del Capitulo




Capítulo 45-46 Previsiones de la cruz

Este capítulo está basado en Mateo 16:13-28; Marcos 8:27-38; Lucas 9:18-27.


Su oración es oída. Mientras está postrado humildemente sobre el suelo pedregoso, los cielos se abren de repente, las áureas puertas de la ciudad de Dios quedan abiertas de par en par, y una irradiación santa desciende sobre el monte, rodeando la figura del Salvador. Su divinidad interna refulge a través de la humanidad, y va al encuentro de la gloria que viene de lo alto. Levantándose de su posición postrada, Cristo se destaca con majestad divina. Ha desaparecido la agonía de su alma. Su rostro brilla ahora “como el sol” y sus vestiduras son “blancas como la luz.”


Los discípulos, despertándose, contemplan los raudales de gloria que iluminan el monte. Con temor y asombro, miran el cuerpo radiante de su Maestro. Y al ser habilitados para soportar la luz maravillosa, ven que Jesús no está solo. Al lado de él, hay dos seres celestiales, que conversan íntimamente con él. Son Moisés, quien había hablado sobre el Sinaí con Dios, y Elías, a quien se concedió el alto privilegio—otorgado tan sólo a otro de los hijos de Adán—de no pasar bajo el poder de la muerte.


Quince siglos antes, sobre el monte Pisga, Moisés había contemplado la tierra prometida. Pero a causa de su pecado en Meriba, no le fué dado entrar en ella. No le tocó el gozo de conducir a la hueste de Israel a la herencia de sus padres. Su ferviente súplica: “Pase yo, ruégote, y vea aquella tierra buena, que está a la parte allá del Jordán, aquel buen monte, y el Líbano,” fué denegada. La esperanza que durante cuarenta años había iluminado las tinieblas de sus peregrinaciones por el desierto, debió frustrarse. Una tumba en el desierto fué el fin de aquellos años de trabajo y congoja pesada. Pero “Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos,” había contestado en esta medida la oración de su siervo. Moisés pasó bajo el dominio de la muerte, pero no permaneció en la tumba. Cristo mismo le devolvió la vida. Satanás, el tentador, había pretendido el cuerpo de Moisés por causa de su pecado; pero Cristo el Salvador lo sacó del sepulcro.


En el monte de la transfiguración, Moisés atestiguaba la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Representaba a aquellos que saldrán del sepulcro en la resurrección de los justos. Elías, que había sido trasladado al cielo sin ver la muerte, representaba a aquellos que estarán viviendo en la tierra cuando venga Cristo por segunda vez, aquellos que serán “transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta;” cuando “esto mortal sea vestido de inmortalidad,” y “esto corruptible fuere vestido de incorrupción.” Jesús estaba vestido por la luz del cielo, como aparecerá cuando venga “la segunda vez, sin pecado, ... para salud.” Porque él vendrá “en la gloria de su Padre con los santos ángeles.” La promesa que hizo el Salvador a los discípulos quedó cumplida. Sobre el monte, el futuro reino de gloria fué representado en miniatura: Cristo el Rey, Moisés el representante de los santos resucitados, y Elías de los que serán trasladados.


Los discípulos no comprenden todavía la escena; pero se regocijan de que el paciente Maestro, el manso y humilde, que ha peregrinado de acá para allá como extranjero sin ayuda, ha sido honrado por los favorecidos del cielo. Creen que Elías ha venido para anunciar el reinado del Mesías, y que el reino de Cristo está por establecerse en la tierra. Quieren desterrar para siempre el recuerdo de su temor y desaliento. Desean permanecer allí donde la gloria de Dios se revela. Pedro exclama: “Maestro, bien será que nos quedemos aquí, y hagamos tres pabellones: para ti uno, y para Moisés otro, y para Elías otro.” Los discípulos confían en que Moisés y Elías han sido enviados para proteger a su Maestro y establecer su autoridad real.


Pero antes de la corona debe venir la cruz; y el tema de la conferencia con Jesús no es su inauguración como rey, sino su fallecimiento, que ha de acontecer en Jerusalén. Llevando la debilidad de la humanidad y cargado con su tristeza y pecado, Cristo anduvo solo en medio de los hombres. Mientras las tinieblas de la prueba venidera le apremiaban, estuvo espiritualmente solo en un mundo que no le conocía. Aun sus amados discípulos, absortos en sus propias dudas, tristezas y esperanzas ambiciosas, no habían comprendido el misterio de su misión. El había morado entre el amor y la comunión del cielo; pero en el mundo que había creado, se hallaba en la soledad. Ahora el Cielo había enviado sus mensajeros a Jesús; no ángeles, sino hombres que habían soportado sufrimientos y tristezas y podían simpatizar con el Salvador en la prueba de su vida terrenal. Moisés y Elías habían sido colaboradores de Cristo. Habían compartido su anhelo de salvar a los hombres. Moisés había rogado por Israel: “Que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito.” Elías había conocido la soledad de espíritu mientras durante tres años y medio había llevado el peso del odio y la desgracia de la nación. Había estado solo de parte de Dios sobre el monte Carmelo. Solo, había huído al desierto con angustia y desesperación. Estos hombres, escogidos antes que cualquier ángel que rodease el trono, habían venido para conversar con Jesús acerca de las escenas de sus sufrimientos, y para consolarle con la seguridad de la simpatía del cielo. La esperanza del mundo, la salvación de todo ser humano, fué el tema de su entrevista.


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