Sábado 22 de Agosto de 2026.
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Salmo 15 (RVR1960) Profetas y Reyes
Los que habitarán en el monte santo de Dios
Salmo de David.
1 Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo?
¿Quién morará en tu monte santo?
2 El que anda en integridad y hace justicia,
Y habla verdad en su corazón.
3 El que no calumnia con su lengua,
Ni hace mal a su prójimo,
Ni admite reproche alguno contra su vecino.
4 Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado,
Pero honra a los que temen a Jehová.
El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia;
5 Quien su dinero no dio a usura,
Ni contra el inocente admitió cohecho.
El que hace estas cosas, no resbalará jamás.
Comentario del Capitulo

Capítulo 28—Ezequías
El buen comienzo hecho con la purificación del templo fué seguido por un movimiento más amplio, en el cual participó Israel tanto como Judá. En su celo para que los servicios del templo resultasen una bendición verdadera para el pueblo, Ezequías resolvió resucitar la antigua costumbre de reunir a los israelitas para celebrar la fiesta de la Pascua.
Durante muchos años la Pascua no había sido observada como fiesta nacional. La división del reino, al finalizar el reinado de Salomón, había hecho difícil esa celebración. Pero los terribles castigos que estaban cayendo sobre las diez tribus despertaban en los corazones de algunos un deseo de cosas mejores; y se notaba el efecto que tenían los mensajes conmovedores de los profetas. La invitación a asistir a la Pascua en Jerusalén fué proclamada lejos y cerca por los correos reales, “de ciudad en ciudad por la tierra de Ephraim y Manasés, hasta Zabulón.” Por lo general, los transmisores de la misericordiosa invitación fueron repelidos. Los impenitentes se apartaban con liviandad; pero algunos, deseosos de buscar a Dios y de obtener un conocimiento más claro de su voluntad, “se humillaron, y vinieron a Jerusalem.” 2 Crónicas 30:10, 11.
En la tierra de Judá, la respuesta fué muy general; porque allí se sentía “la mano de Dios para darles un corazón para cumplir el mensaje del rey y de los príncipes” (Vers. 12), cuya orden estaba de acuerdo con la voluntad de Dios según se revelaba por medio de sus profetas.
La ocasión fué del mayor beneficio para las multitudes congregadas. Las calles profanadas de la ciudad fueron limpiadas de los altares idólatras puestos allí durante el reinado de Acaz. En el día señalado se observó la Pascua; y el pueblo dedicó la semana a hacer ofrendas pacíficas y a aprender lo que Dios quería que hiciese. Diariamente recibía enseñanza de los levitas que “tenían buena inteligencia en el servicio de Jehová.” Y los que habían preparado su corazón para buscar a Dios hallaban perdón. Una gran alegría se posesionó de la multitud que adoraba; “y alababan a Jehová todos los días los Levitas y los sacerdotes, cantando con instrumentos de fortaleza” (Vers. 22, 21), pues todos eran unánimes en su deseo de alabar a Aquel que les había manifestado tanta misericordia.
Los siete días generalmente señalados para la Pascua parecieron transcurrir con demasiada rapidez, y los adoradores resolvieron dedicar otros siete días para aprender más acerca del camino del Señor. Los sacerdotes que les enseñaban continuaron su obra de instrucción basada en el libro de la ley; y diariamente el pueblo se congregaba en el templo para ofrecer su tributo de alabanza y agradecimiento; de manera que al acercarse el fin de la gran celebración, era evidente que Dios había obrado maravillosamente para convertir al apóstata Judá y para detener la marea de la idolatría que amenazaba con arrasarlo todo. Las solemnes advertencias de los profetas no habían sido pronunciadas en vano. “E hiciéronse grandes alegrías en Jerusalem: porque desde los días de Salomón hijo de David rey de Israel, no había habido cosa tal en Jerusalem.” Vers. 26.
Había llegado el momento en que los adoradores debían regresar a sus hogares. “Levantándose después los sacerdotes y Levitas, bendijeron al pueblo: y la voz de ellos fué oída, y su oración llegó a la habitación de su santuario, al cielo.” Vers. 27. Dios había aceptado a aquellos que, con corazón contrito, habían confesado su pecado, y con propósito resuelto habían procurado su perdón y ayuda.
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