Viernes 21 de Agosto de 2026.
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Salmo 14 (RVR1960) Profetas y Reyes
Necedad y corrupción del hombre
(Sal. 53.1-6)
Al músico principal. Salmo de David.
1 Dice el necio en su corazón:
No hay Dios.
Se han corrompido, hacen obras abominables;
No hay quien haga el bien.
2 Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres,
Para ver si había algún entendido,
Que buscara a Dios.
3 Todos se desviaron, a una se han corrompido;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.
4 ¿No tienen discernimiento todos los que hacen iniquidad,
Que devoran a mi pueblo como si comiesen pan,
Y a Jehová no invocan?
5 Ellos temblaron de espanto;
Porque Dios está con la generación de los justos.
6 Del consejo del pobre se han burlado,
Pero Jehová es su esperanza.
7 ¡Oh, que de Sion saliera la salvación de Israel!
Cuando Jehová hiciere volver a los cautivos de su pueblo,
Se gozará Jacob, y se alegrará Israel.
Comentario del Capitulo

Capítulo 28—Ezequías
En el primer servicio que se celebró, los gobernantes de la ciudad se unieron al rey Ezequías y a los sacerdotes y levitas para pedir perdón por los pecados de la nación. Se pusieron sobre el altar ofrendas por el pecado, “para reconciliar a todo Israel.” “Y como acabaron de ofrecer, inclinóse el rey, y todos los que con él estaban, y adoraron.” Nuevamente repercutieron en los atrios del templo las palabras de alabanza y oración. Se cantaban con gozo los himnos de David y de Asaf, mientras los adoradores reconocían que se los estaba librando de la servidumbre del pecado y la apostasía. “Y alegróse Ezechías, y todo el pueblo, de que Dios hubiese preparado el pueblo; porque la cosa fué prestamente hecha.” Vers. 24, 29, 36.
Dios había preparado en verdad el corazón de los hombres principales de Judá para que encabezaran un decidido movimiento de reforma, a fin de detener la marea de la apostasía. Por medio de sus profetas, había enviado a su pueblo escogido mensaje tras mensaje de súplica ferviente, mensajes que habían sido despreciados y rechazados por las diez tribus del reino de Israel, ahora entregadas al enemigo. Pero en Judá quedaba un buen remanente, y a este residuo continuaron dirigiendo sus súplicas los profetas. Oigamos a Isaías instarlo: “Convertíos a aquel contra quien los hijos de Israel profundamente se rebelaron.” Isaías 31:6. Escuchemos a Miqueas declarar con confianza: “Yo empero a Jehová esperaré, esperaré al Dios de mi salud: el Dios mío me oirá. Tú, enemiga mía, no te huelgues de mí: porque aunque caí, he de levantarme; aunque more en tinieblas, Jehová será mi luz. La ira de Jehová soportaré, porque pequé contra él, hasta que juzgue mi causa y haga mi juicio; él me sacará a luz; veré su justicia.” Miqueas 7:7-9.
Estos mensajes y otros parecidos revelaban cuán dispuesto estaba Dios a perdonar y aceptar a aquellos que se tornasen a él con firme propósito en el corazón, y habían infundido esperanza a muchas almas desfallecientes durante los años de obscuridad mientras las puertas del templo permanecían cerradas; y al iniciar los caudillos una reforma, una multitud del pueblo, cansada del dominio del pecado, se manifestaba lista para responder.
Los que entraron en los atrios del templo en busca de perdón y para renovar sus votos de lealtad a Jehová fueron admirablemente alentados por las porciones proféticas de las Escrituras. Las solemnes amonestaciones dirigidas contra la idolatría por Moisés a oídos de todo Israel fueron acompañadas por profecías referentes a cuán dispuesto estaba Dios a oír y perdonar a los que en tiempo de apostasía le buscasen de todo corazón. Moisés había dicho: “Si ... te volvieres a Jehová tu Dios, y oyeres su voz; porque Dios misericordioso es Jehová tu Dios; no te dejará, ni te destruirá, ni se olvidará del pacto de tus padres que les juró.” Deuteronomio 4:30, 31.
Y en la oración profética que elevara al dedicar el templo cuyos servicios Ezequías y sus asociados estaban restableciendo, Salomón se había expresado así: “Cuando tu pueblo Israel hubiere caído delante de sus enemigos, por haber pecado contra ti, y a ti se volvieren, y confesaren tu nombre, y oraren, y te rogaren y suplicaren en esta casa; óyelos tú en los cielos, y perdona el pecado de tu pueblo Israel.” 1 Reyes 8:33, 34. Esta oración había recibido el sello de la aprobación divina; porque a su conclusión descendió fuego del cielo para consumir el holocausto y los sacrificios, y la gloria del Señor llenó el templo. 2 Crónicas 7:1. Y de noche el Señor apareció a Salomón para decirle que su oración había sido oída, y que su misericordia se manifestaría hacia los que le adoraran allí. Fué hecha esta misericordiosa promesa: “Si se humillare mi pueblo, sobre los cuales mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” 2 Crónicas 7:14.
Estas promesas hallaron abundante cumplimiento durante la reforma realizada bajo la dirección de Ezequías.
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