Sábado 24 de Marzo de 2024.
- Amado V FV
- 24 mar 2024
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Lamentaciones 4 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.
El castigo de Sion consumado
1 ¡Cómo se ha ennegrecido el oro!
¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo!
Las piedras del santuario están esparcidas por las encrucijadas de todas las calles.
2 Los hijos de Sion, preciados y estimados más que el oro puro,
¡Cómo son tenidos por vasijas de barro, obra de manos de alfarero!
3 Aun los chacales dan la teta, y amamantan a sus cachorros;
La hija de mi pueblo es cruel como los avestruces en el desierto.
4 La lengua del niño de pecho se pegó a su paladar por la sed;
Los pequeñuelos pidieron pan, y no hubo quien se lo repartiese.
5 Los que comían delicadamente fueron asolados en las calles;
Los que se criaron entre púrpura se abrazaron a los estercoleros.
6 Porque se aumentó la iniquidad de la hija de mi pueblo más que el pecado de Sodoma,
Que fue destruida en un momento, sin que acamparan contra ella compañías.
7 Sus nobles fueron más puros que la nieve, más blancos que la leche;
Más rubios eran sus cuerpos que el coral, su talle más hermoso que el zafiro.
8 Oscuro más que la negrura es su aspecto; no los conocen por las calles;
Su piel está pegada a sus huesos, seca como un palo.
9 Más dichosos fueron los muertos a espada que los muertos por el hambre;
Porque estos murieron poco a poco por falta de los frutos de la tierra.
10 Las manos de mujeres piadosas cocieron a sus hijos;
Sus propios hijos les sirvieron de comida en el día del quebrantamiento de la hija de mi pueblo.
11 Cumplió Jehová su enojo, derramó el ardor de su ira;
Y encendió en Sion fuego que consumió hasta sus cimientos.
12 Nunca los reyes de la tierra, ni todos los que habitan en el mundo,
Creyeron que el enemigo y el adversario entrara por las puertas de Jerusalén.
13 Es por causa de los pecados de sus profetas, y las maldades de sus sacerdotes,
Quienes derramaron en medio de ella la sangre de los justos.
14 Titubearon como ciegos en las calles, fueron contaminados con sangre,
De modo que no pudiesen tocarse sus vestiduras.
15 ¡Apartaos! ¡Inmundos! les gritaban; ¡Apartaos, apartaos, no toquéis!
Huyeron y fueron dispersados; se dijo entre las naciones:
Nunca más morarán aquí.
16 La ira de Jehová los apartó, no los mirará más;
No respetaron la presencia de los sacerdotes, ni tuvieron compasión de los viejos.
17 Aun han desfallecido nuestros ojos esperando en vano nuestro socorro;
En nuestra esperanza aguardamos a una nación que no puede salvar.
18 Cazaron nuestros pasos, para que no anduviésemos por nuestras calles;
Se acercó nuestro fin, se cumplieron nuestros días; porque llegó nuestro fin.
19 Ligeros fueron nuestros perseguidores más que las águilas del cielo;
Sobre los montes nos persiguieron, en el desierto nos pusieron emboscadas.
20 El aliento de nuestras vidas, el ungido de Jehová,
De quien habíamos dicho: A su sombra tendremos vida entre las naciones, fue apresado en sus lazos.
21 Gózate y alégrate, hija de Edom, la que habitas en tierra de Uz;
Aun hasta ti llegará la copa; te embriagarás, y vomitarás.
22 Se ha cumplido tu castigo, oh hija de Sion;
Nunca más te hará llevar cautiva.
Castigará tu iniquidad, oh hija de Edom;
Descubrirá tus pecados.
Comentario del Capitulo

Capítulo 19-20 Junto al pozo de Jacob
En viaje a Galilea, Jesús pasó por Samaria. Era ya mediodía cuando llegó al hermoso valle de Siquem. A la entrada de dicho valle, se hallaba el pozo de Jacob. Cansado de viajar, se sentó allí para descansar, mientras sus discípulos iban a comprar provisiones.
Los judíos y los samaritanos eran acérrimos enemigos, y en cuanto les era posible, evitaban todo trato unos con otros. Los rabinos tenían por lícito el negociar con los samaritanos en caso de necesidad; pero condenaban todo trato social con ellos. Un judío no debía pedir nada prestado a un samaritano, ni aun un bocado de pan o un vaso de agua. Los discípulos, al ir a comprar alimentos, obraban en armonía con la costumbre de su nación, pero no podían ir más allá. El pedir un favor a los samaritanos, o el tratar de beneficiarlos en alguna manera, no podía cruzar siquiera por la mente de los discípulos de Cristo.
Mientras Jesús estaba sentado sobre el brocal del pozo, se sentía débil por el hambre y la sed. El viaje hecho desde la mañana había sido largo, y se hallaba ahora bajo los rayos del sol de mediodía. Su sed era intensificada por la evocación del agua fresca que estaba tan cerca, aunque inaccesible para él; porque no tenía cuerda ni cántaro, y el pozo era hondo. Compartía la suerte de la humanidad, y aguardaba que alguien viniese para sacar agua.
Se acercó entonces una mujer de Samaria, y sin prestar atención a su presencia, llenó su cántaro de agua. Cuando estaba por irse, Jesús le pidió que le diese de beber. Ningún oriental negaría un favor tal. En el Oriente se llama al agua “el don de Dios.” El ofrecer de beber al viajero sediento era considerado un deber tan sagrado que los árabes del desierto se tomaban molestias especiales para cumplirlo. El odio que reinaba entre los judíos y los samaritanos impidió a la mujer ofrecer un favor a Jesús; pero el Salvador estaba tratando de hallar la llave de su corazón, y con el tacto nacido del amor divino, él no ofreció un favor, sino que lo pidió. El ofrecimiento de un favor podría haber sido rechazado; pero la confianza despierta confianza. El Rey del cielo se presentó a esta paria de la sociedad, pidiendo un servicio de sus manos. El que había hecho el océano, el que rige las aguas del abismo, el que abrió los manantiales y los canales de la tierra, descansó de sus fatigas junto al pozo de Jacob y dependió de la bondad de una persona extraña para una cosa tan insignificante como un sorbo de agua.
La mujer se dió cuenta de que Jesús era judío. En su sorpresa, se olvidó de concederle lo pedido, e indagó así la razón de tal petición: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?”
Jesús contestó: “Si conocieses el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber: tú pedirías de él, y él te daría agua viva.” Es decir: Te maravilla que yo te pida un favor tan pequeño como un sorbo de agua del pozo que está a nuestros pies. Si tú me hubieses pedido a mí, te hubiera dado a beber el agua de la vida eterna.
La mujer no había comprendido las palabras de Cristo, pero sintió su solemne significado. Empezó a cambiar su actitud despreocupada. Suponiendo que Jesús hablaba del pozo que estaba delante de ellos, dijo: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo: ¿de dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dió este pozo, del cual él bebió?” Ella no veía delante de sí más que un sediento viajero, cansado y cubierto de polvo. Lo comparó mentalmente con el honrado patriarca Jacob. Abrigaba el sentimiento muy natural de que ningún otro pozo podía ser igual al cavado por sus padres. Miraba hacia atrás a los padres, y hacia adelante a la llegada del Mesías, mientras la Esperanza de los padres, el Mesías mismo, estaba a su lado, y ella no lo conocía. ¡Cuántas almas sedientas están hoy al lado de la fuente del agua viva, y, sin embargo, buscan muy lejos los manantiales de la vida! “No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo:) O, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para volver a traer a Cristo de los muertos.) ... Cercana está la palabra, en tu boca y en tu corazón.... Si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.”
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