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Viernes 18 de Septiembre de 2026.

hace 1 día
8 min de lectura

Salmo 42 (RVR1960) Profetas y Reyes



LIBRO II

Mi alma tiene sed de Dios

Al músico principal. Masquil de los hijos de Coré.

1 Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,


Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.


2 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo;


¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?


3 Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche,


Mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?


4 Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí;


De cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios,


Entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta.


5 ¿Por qué te abates, oh alma mía,


Y te turbas dentro de mí?


Espera en Dios; porque aún he de alabarle,


Salvación mía y Dios mío.


6 Dios mío, mi alma está abatida en mí;


Me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán,


Y de los hermonitas, desde el monte de Mizar.


7 Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas;


Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.


8 Pero de día mandará Jehová su misericordia,


Y de noche su cántico estará conmigo,


Y mi oración al Dios de mi vida.


9 Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí?


¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo?


10 Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan,


Diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?


11 ¿Por qué te abates, oh alma mía,


Y por qué te turbas dentro de mí?


Espera en Dios; porque aún he de alabarle,


Salvación mía y Dios mío.


Comentario del Capitulo





Capítulo 34—Jeremías

Entre los que habían esperado que se produjese un despertar espiritual permanente como resultado de la reforma realizada bajo la dirección de Josías, se contaba Jeremías, llamado por Dios al cargo profético mientras era todavía joven, en el año décimotercero del reinado de Josías. Miembro del sacerdocio levítico, Jeremías había sido educado desde su infancia para el servicio santo. Durante aquellos felices años de preparación, distaba mucho de comprender que había sido ordenado desde su nacimiento para ser “profeta a las gentes,” y cuando le llegó el llamamiento divino, se quedó abrumado por el sentimiento de su indignidad y exclamó: “¡Ah! ¡ah! ¡Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño.” Jeremías 1:5, 6.


En el joven Jeremías, Dios veía alguien que sería fiel a su cometido, y que se destacaría en favor de lo recto contra gran oposición. Había sido fiel en su niñez; y ahora iba a soportar penurias como buen soldado de la cruz. El Señor ordenó a su mensajero escogido: “No digas, soy niño; porque a todo lo que te enviaré irás tú, y dirás todo lo que te mandaré. No temas delante de ellos, porque contigo soy para librarte.” “Tú pues, ciñe tus lomos, y te levantarás, y les hablarás todo lo que te mandaré: no temas delante de ellos, porque no te haga yo quebrantar delante de ellos. Porque he aquí que yo te he puesto en este día como ciudad fortalecida, y como columna de hierro, y como muro de bronce sobre toda la tierra, a los reyes de Judá, a sus príncipes, a sus sacerdotes, y al pueblo de la tierra. Y pelearán contra ti, mas no te vencerán; porque yo soy contigo, dice Jehová, para librarte.” Vers. 7, 8, 17-19.


Durante cuarenta años iba a destacarse Jeremías delante de la nación como testigo por la verdad y la justicia. En un tiempo de apostasía sin igual, iba a representar en su vida y carácter el culto del único Dios verdadero. Durante los terribles sitios que iba a sufrir Jerusalén, sería el portavoz de Jehová. Habría de predecir la caída de la casa de David, y la destrucción del hermoso templo construído por Salomón. Y cuando fuese encarcelado por sus intrépidas declaraciones, seguiría hablando claramente contra el pecado de los encumbrados. Despreciado, odiado, rechazado por los hombres, iba a presenciar finalmente el cumplimiento literal de sus propias profecías de ruina inminente, y compartir el pesar y la desgracia que seguirían a la destrucción de la ciudad condenada.


Sin embargo, en medio de la ruina general en que iba cayendo rápidamente la nación, se le permitió a menudo a Jeremías mirar más allá de las escenas angustiadoras del presente y contemplar las gloriosas perspectivas que ofrecía el futuro, cuando el pueblo de Dios sería redimido de la tierra del enemigo y transplantado de nuevo a Sión. Previó el tiempo en que el Señor renovaría su pacto con ellos, y dijo: “Su alma será como huerto de riego, ni nunca más tendrán dolor.” Jeremías 31:12.


Jeremías mismo escribió, acerca de su llamamiento a la misión profética: “Extendió Jehová su mano, y tocó sobre mi boca; y díjome Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca. Mira que te he puesto en este día sobre gentes y sobre reinos, para arrancar y para destruir, y para arruinar y para derribar, y para edificar y para plantar.” Jeremías 1:9, 10.


Gracias a Dios por las palabras “para edificar y para plantar.” Por su medio, el Señor aseguró a Jeremías que tenía el propósito de restaurar y sanar. Severos iban a ser los mensajes que debería dar durante los años que vendrían. Habría de comunicar sin temor las profecías de los juicios que se acercaban rápidamente. Desde las llanuras de Sinar iba a soltarse “el mal sobre todos los moradores de la tierra.” Declaró el Señor: “Proferiré mis juicios contra los que me dejaron.” Vers. 14, 16. Sin embargo, el profeta debía acompañar estos mensajes con promesas de perdón para todos los que quisieran dejar de hacer el mal.


Como sabio perito constructor, desde el mismo comienzo de su carrera, Jeremías procuró alentar a los hombres de Judá para que, haciendo obra cabal de arrepentimiento, pusiesen fundamentos anchos y profundos para su vida espiritual. Durante mucho tiempo habían estado edificando con material que el apóstol Pablo comparó con madera, paja y hojarasca, y que Jeremías mismo llamó “escorias.” Jeremías 6:29 (VBC). Declaró acerca de los que formaban la nación impenitente: “Plata desechada los llamarán, porque Jehová los desechó.” Vers. 30. Ahora se les dirigían instancias para que comenzasen a edificar sabiamente y para la eternidad, desechando las escorias de la apostasía y de la incredulidad, para usar en el fundamento el oro puro, la plata refinada, las piedras preciosas, es decir la fe, la obediencia y las buenas obras, que eran lo único aceptable a la vista de un Dios santo.


La palabra que el Señor dirigió a su pueblo por medio de Jeremías fué: “Vuélvete, oh rebelde de Israel, ... no haré caer mi ira sobre vosotros: porque misericordioso soy yo, dice Jehová, no guardaré para siempre el enojo. Conoce empero tu maldad, porque contra Jehová tu Dios has prevaricado... Convertíos, hijos rebeldes, dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo.” “Padre mío me llamarás, y no te apartarás de en pos de mí.” “Convertíos, hijos rebeldes, sanaré vuestras rebeliones.” Jeremías 3:12-14, 19, 22.


Y en adición a estas súplicas admirables, el Señor dió a su pueblo errante las palabras mismas con las cuales podían dirigirse a él. Habían de decir: “He aquí nosotros venimos a ti; porque tú eres Jehová nuestro Dios. Ciertamente vanidad son los collados, la multitud de los montes: ciertamente en Jehová nuestro Dios está la salud de Israel... Yacemos en nuestra confusión, y nuestra afrenta nos cubre: porque pecamos contra Jehová nuestro Dios, nosotros y nuestros padres, desde nuestra juventud y hasta este día; y no hemos escuchado la voz de Jehová nuestro Dios.” Vers. 22-25.


La reforma realizada bajo Josías había limpiado la tierra de altares idólatras, pero los corazones de la multitud no habían sido transformados. Las semillas de la verdad que habían brotado y dado promesa de una abundante cosecha, habían sido ahogadas por las espinas. Otro retroceso tal sería fatal; y el Señor procuró despertar a la nación para que comprendiese su peligro. Únicamente si era leal a Jehová, podía esperar que gozaría del favor divino y de prosperidad.


Jeremías llamó su atención repetidas veces a los consejos dados en Deuteronomio. Más que cualquier otro de los profetas, recalcó las enseñanzas de la ley mosaica, y demostró cómo esas enseñanzas podían reportar las más altas bendiciones espirituales a la nación y a todo corazón individual. Suplicaba: “Preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma.” Jeremías 6:16.


En una ocasión, por orden de Jehová, el profeta se situó en una de las principales entradas de la ciudad, y allí insistió en lo importante que era santificar el sábado. Los habitantes de Jerusalén estaban en peligro de olvidar la santidad del sábado, y los amonestó solemnemente contra la costumbre de seguir con sus ocupaciones seculares en ese día. Les prometió una bendición a condición de que obedecieran. El Señor declaró: “Será empero, si vosotros me obedeciereis, dice Jehová, no metiendo carga por las puertas de esta ciudad en el día del sábado, sino que santificareis el día del sábado, no haciendo en él ninguna obra; que entrarán por las puertas de esta ciudad, en carros y en caballos, los reyes y los príncipes que se sientan sobre el trono de David, ellos y sus príncipes, los varones de Judá, y los moradores de Jerusalem: y esta ciudad será habitada para siempre.” Jeremías 17:24, 25.


Esta promesa de prosperidad como recompensa de la fidelidad iba acompañada por una profecía de los terribles castigos que caerían sobre la ciudad si sus habitantes eran desleales a Dios y a su ley. Si las amonestaciones a obedecer al Señor Dios de sus padres y a santificar sus sábados no eran escuchadas, la ciudad y sus palacios quedarían completamente destruídos por el fuego.


Así defendió el profeta firmemente los sanos principios de la vida justa tan claramente bosquejados en el libro de la ley. Pero las condiciones que prevalecían en la tierra de Judá eran tales que únicamente merced a las medidas más decididas podía producirse una mejoría; por lo tanto trabajó con el mayor fervor por los impenitentes. Rogaba: “Haced barbecho para vosotros, y no sembréis sobre espinas.” “Lava de la malicia tu corazón, oh Jerusalem, para que seas salva.” Jeremías 4:3, 14.


Pero la gran mayoría del pueblo no escuchó el llamamiento al arrepentimiento y a la reforma. Desde la muerte del buen rey Josías, los que gobernaban la nación habían sido infieles a su cometido, y habían estado extraviando a muchos. Joacaz, depuesto por la intervención del rey de Egipto, había sido seguido por Joaquim, hijo mayor de Josías. Desde el principio del reinado de Joaquim, Jeremías había tenido poca esperanza de salvar a su tierra amada de la destrucción y al pueblo del cautiverio. Sin embargo, no se le permitió callar mientras la ruina completa amenazaba al reino. Los que habían permanecido leales a Dios debían ser alentados a perseverar en el bien hacer, y si era posible los pecadores debían ser inducidos a apartarse de la iniquidad.


La crisis exigía un esfuerzo público y abarcante. El Señor ordenó a Jeremías que se pusiese de pie en el atrio del templo, y allí hablase a todo el pueblo de Judá que entrase y saliese. No debía quitar una sola palabra de los mensajes que se le daban, a fin de que los pecadores de Sión tuviesen las más amplias oportunidades de escuchar y apartarse de sus malos caminos.








Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.







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