Jueves 17 de Septiembre 2026.
hace 6 minutos
10 min de lectura
Salmo 41 (RVR1960) Profetas y Reyes
Oración pidiendo salud
Al músico principal. Salmo de David.
1 Bienaventurado el que piensa en el pobre;
En el día malo lo librará Jehová.
2 Jehová lo guardará, y le dará vida;
Será bienaventurado en la tierra,
Y no lo entregarás a la voluntad de sus enemigos.
3 Jehová lo sustentará sobre el lecho del dolor;
Mullirás toda su cama en su enfermedad.
4 Yo dije: Jehová, ten misericordia de mí;
Sana mi alma, porque contra ti he pecado.
5 Mis enemigos dicen mal de mí, preguntando:
¿Cuándo morirá, y perecerá su nombre?
6 Y si vienen a verme, hablan mentira;
Su corazón recoge para sí iniquidad,
Y al salir fuera la divulgan.
7 Reunidos murmuran contra mí todos los que me aborrecen;
Contra mí piensan mal, diciendo de mí:
8 Cosa pestilencial se ha apoderado de él;
Y el que cayó en cama no volverá a levantarse.
9 Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía,
Alzó contra mí el calcañar.
10 Mas tú, Jehová, ten misericordia de mí, y hazme levantar,
Y les daré el pago.
11 En esto conoceré que te he agradado,
Que mi enemigo no se huelgue de mí.
12 En cuanto a mí, en mi integridad me has sustentado,
Y me has hecho estar delante de ti para siempre.
13 Bendito sea Jehová, el Dios de Israel,
Por los siglos de los siglos.
Amén y Amén.
Comentario del Capitulo

Capítulo 34—Jeremías
El rey procuró establecer aun más firmemente la fe de Judá en el Dios de sus padres celebrando una gran fiesta de Pascua, en armonía con las medidas indicadas en el libro de la ley. Hicieron preparativos aquellos que estaban encargados de los servicios sagrados, y el gran día de la fiesta se presentaron muchas ofrendas. “No fué hecha tal pascua desde los tiempos de los jueces que gobernaron a Israel, ni en todos los tiempos de los reyes de Israel, y de los reyes de Judá.” 2 Reyes 23:22. Pero el celo de Josías, por aceptable que fuese para Dios, no podía expiar los pecados de las generaciones pasadas; ni podía la piedad manifestada por quienes seguían al rey efectuar un cambio de corazón en muchos de los que se negaban tercamente a renunciar a la idolatría para adorar al Dios verdadero.
Durante más de una década después de celebrarse la Pascua, continuó reinando Josías. A la edad de treinta y nueve años, encontró la muerte en una batalla contra las fuerzas de Egipto, “y sepultáronle en los sepulcros de sus padres. Y todo Judá y Jerusalem hizo duelo por Josías. Y endechó Jeremías por Josías, y todos los cantores y cantoras recitan sus lamentaciones sobre Josías hasta hoy; y las dieron por norma para endechar en Israel, las cuales están escritas en las Lamentaciones.” 2 Crónicas 35:24, 25. Como Josías “no hubo tal rey antes de él, que se convirtiese a Jehová de todo su corazón, y de toda su alma, y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él nació otro tal. Con todo eso, no se volvió Jehová del ardor de su grande ira, ... por todas las provocaciones con que Manasés le había irritado.” 2 Reyes 23:25, 26. Se estaba acercando rápidamente el tiempo cuando Jerusalén iba a ser destruida por completo, y los habitantes de la tierra serían llevados cautivos a Babilonia, para aprender allí las lecciones que se habían negado a aprender en circunstancias más favorables.
El profeta obedeció; se situó a la puerta de la casa de Jehová, y allí alzó su voz en amonestación y súplica. Bajo la inspiración del Altísimo declaró:
“Oid palabra de Jehová, todo Judá, los que entráis por estas puertas para adorar a Jehová. Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré morar en este lugar. No fiéis en palabras de mentira, diciendo: Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es éste. Mas si mejorareis cumplidamente vuestros caminos y vuestras obras; si con exactitud hiciereis derecho entre el hombre y su prójimo, ni oprimiereis al peregrino, al huérfano, y a la viuda, ni en este lugar derramareis la sangre inocente, ni anduviereis en pos de dioses ajenos para mal vuestro; os haré morar en este lugar, en la tierra que dí a vuestros padres para siempre.” Jeremías 7:2-7.
Estas palabras demuestran vívidamente la poca voluntad que tiene el Señor para castigar. Retiene sus juicios para suplicar a los impenitentes. El que ejerce “misericordia, juicio, y justicia en la tierra” (Jeremías 9:24), siente profundos anhelos por sus hijos errantes; y de toda manera posible procura enseñarles el camino de la vida eterna. Había sacado a los israelitas de la servidumbre para que le sirviesen a él, único Dios verdadero y viviente. Aunque durante mucho tiempo se habían extraviado en la idolatría y habían despreciado sus amonestaciones, les declara ahora su buena voluntad para postergar el castigo y para darles otra oportunidad de arrepentirse. Les indica claramente que tan sólo mediante una reforma cabal del corazón podía evitarse la ruina inminente. Vana sería la confianza que pusiesen en el templo y sus servicios. Los ritos y las ceremonias no podían expiar el pecado. A pesar de su aserto de ser el pueblo escogido de Dios, únicamente la reforma del corazón y de las prácticas en la vida podía salvarlos del resultado inevitable de la continua transgresión.
De manera que “en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalem,” el mensaje que dirigía Jeremías a Judá era: “Oid las palabras de este pacto,” es decir los claros preceptos de Jehová como estaban registrados en las Sagradas Escrituras, “y ponedlas por obra.” Jeremías 11:6. Y éste fué el mensaje que proclamó mientras estaba en los atrios del templo al comenzar el reinado de Joaquim.
Reseñó brevemente lo experimentado por Israel desde los tiempos del éxodo. El pacto de Dios con el pueblo había sido: “Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo: y andad en todo camino que os mandare, para que os vaya bien.” Con desvergüenza y repetidas veces, este pacto había sido violado. La nación escogida había andado “en sus consejos, en la dureza de su corazón malvado, y fueron hacia atrás y no hacia adelante.” Jeremías 7:23, 24.
Preguntó el Señor: “¿Por qué es este pueblo de Jerusalem rebelde con rebeldía perpetua?” Jeremías 8:5. Según dijo el profeta, había sido porque no habían obedecido a la voz de Jehová su Dios, y se habían negado a recibir corrección. Jeremías 5:3. Se lamentó así: “Perdióse la fe, y de la boca de ellos fué cortada.” “Aun la cigüeña en el cielo conoce su tiempo, y la tórtola y la grulla y la golondrina guardan el tiempo de su venida; mas mi pueblo no conoce el juicio de Jehová.” “¿No los tengo de visitar sobre estas cosas? dice Jehová. ¿De tal gente no se vengará mi alma?” Jeremías 7:28; 8:7; 9:9.
Había llegado el momento de hacer un escrutinio profundo del corazón. Mientras Josías lo había gobernado, el pueblo había tenido cierta base de esperanza. Pero él ya no podía interceder en su favor; porque había caído en la batalla. Los pecados de la nación eran tales que casi había terminado el tiempo para la intercesión. Declaró el Señor: “Si Moisés y Samuel se pusieran delante de mí, mi voluntad no será con este pueblo: échalos de delante de mí, y salgan. Y será que si te preguntaren: ¿A dónde saldremos? les dirás: Así ha dicho Jehová: El que a muerte, a muerte; y el que a cuchillo, a cuchillo; y el que a hambre, a hambre; y el que a cautividad, a cautividad.” Jeremías 15:1, 2.
Negándose a escuchar la invitación misericordiosa que Dios le extendía ahora, la nación impenitente se exponía a los juicios que habían caído sobre el reino septentrional de Israel más de un siglo antes. El mensaje que se le dirigía ahora era: “Si no me oyereis para andar en mi ley, la cual dí delante de vosotros, para atender a las palabras de mis siervos los profetas que yo os envío, madrugando en enviarlos, a los cuales no habéis oído; yo pondré esta casa como Silo, y daré esta ciudad en maldición a todas las gentes de la tierra.” Jeremías 26:4-6.
Los que estaban en el templo escuchando el discurso de Jeremías, comprendieron claramente esta referencia a Silo, y al tiempo de Elí, cuando los filisteos habían vencido a Israel y se habían llevado el arca del testamento.
El pecado de Elí había consistido en pasar por alto la iniquidad de sus hijos en el cargo sagrado, así como los males que prevalecían en toda la tierra. Esta negligencia con respecto a corregir esos males había hecho caer sobre Israel una terrible calamidad. Después que sus hijos hubieron caído en la batalla, Elí mismo perdió la vida, el arca de Dios fué quitada de la tierra de Israel, y murieron treinta mil hombres del pueblo, y todo porque se había dejado florecer el pecado sin reprenderlo ni detenerlo. Vanamente había pensado Israel que, a pesar de sus prácticas pecaminosas, la presencia del arca aseguraría la victoria sobre los filisteos. Igualmente, en tiempo de Jeremías, los habitantes de Judá propendían a creer que una observancia estricta de los servicios divinamente ordenados en el templo los habría de preservar del justo castigo que merecía su conducta impía.
¡Qué lección da esto a los hombres que ocupan hoy puestos de responsabilidad en la iglesia de Dios! ¡Cuán solemne advertencia les resulta para que reprendan fielmente los males que deshonran la causa de la verdad! Nadie, entre los que se declaran depositarios de la ley de Dios, se lisonjee de que la consideración que en lo exterior manifieste hacia los mandamientos le preservará del cumplimiento de la justicia divina. Nadie rehuse ser reprendido por su mal proceder, ni acuse a los siervos de Dios de ser demasiado celosos al procurar limpiar de malas acciones el campamento. Un Dios que aborrece el pecado invita a los que aseveran guardar su ley a que se aparten de toda iniquidad. La negligencia en cuanto a arrepentirse y rendir obediencia voluntaria acarreará hoy a hombres y mujeres consecuencias tan graves como las que sufrió el antiguo Israel.
Hay un límite más allá del cual los juicios de Jehová no pueden ya demorarse. El asolamiento de Jerusalén en los tiempos de Jeremías es una solemne advertencia para el Israel moderno, de que los consejos y las amonestaciones dadas por instrumentos escogidos no pueden despreciarse con impunidad.
El mensaje de Jeremías a los sacerdotes y al pueblo despertó el antagonismo de muchos. Le denunciaron ruidosamente clamando: “¿Por qué has profetizado en nombre de Jehová, diciendo: Esta casa será como Silo, y esta ciudad será asolada hasta no quedar morador? Y juntóse todo el pueblo contra Jeremías en la casa de Jehová.” Vers. 9. Sacerdotes, falsos profetas y pueblo se volvieron, airados, contra el que no quería decirles cosas agradables o profetizarles engaño. Así fué despreciado el mensaje de Dios, y su siervo, amenazado de muerte.
Se comunicaron las palabras de Jeremías a los príncipes de Judá, y ellos fueron apresuradamente del palacio real al templo, para conocer por sí mismos la verdad del asunto. “Entonces hablaron los sacerdotes y los profetas a los príncipes y a todo el pueblo, diciendo: En pena de muerte ha incurrido este hombre; porque profetizó contra esta ciudad, como vosotros habéis oído con vuestros oídos.” Vers. 11. Pero Jeremías hizo valientemente frente a los príncipes y al pueblo y declaró: “Jehová me envió a que profetizase contra esta casa y contra esta ciudad, todas las palabras que habéis oído. Y ahora, mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y oid la voz de Jehová vuestro Dios, y arrepentiráse Jehová del mal que ha hablado contra vosotros. En lo que a mí toca, he aquí estoy en vuestras manos: haced de mí como mejor y más recto os pareciere. Mas sabed de cierto que, si me matareis, sangre inocente echaréis sobre vosotros, y sobre esta ciudad, y sobre sus moradores: porque en verdad Jehová me envió a vosotros para que dijese todas estas palabras en vuestros oídos.” Vers. 12-15.
Si el profeta se hubiese dejado intimidar por la actitud amenazante de los que tenían gran autoridad, su mensaje habría quedado sin efecto, y él mismo habría perdido la vida; pero el valor con que comunicó la solemne advertencia le granjeó el respeto del pueblo, y dispuso a los príncipes de Israel en favor suyo. Razonaron con los sacerdotes y falsos profetas mostrándoles cuán imprudentes serían las medidas extremas que proponían, y sus palabras produjeron una reacción en el ánimo del pueblo. Así suscitó Dios defensores para su siervo.
Los ancianos se unieron también para protestar contra la decisión de los sacerdotes acerca de la suerte de Jeremías. Citaron el caso de Miqueas, que había profetizado castigos sobre Jerusalén, diciendo: “Sión será arada como campo, y Jerusalem vendrá a ser montones, y el monte del templo en cumbres de bosque.” Y preguntaron: “¿Matáronlo luego Ezechías rey de Judá y todo Judá? ¿no temió a Jehová, y oró en presencia de Jehová, y Jehová se arrepintió del mal que había hablado contra ellos? ¿Haremos pues nosotros tan grande mal contra nuestras almas?” Vers. 18, 19.
Por la intercesión de estos hombres de influencia, se salvó la vida del profeta, aunque muchos de los sacerdotes y falsos profetas, no pudiendo soportar las verdades que él expresaba y que los condenaban, le habrían dado gustosamente la muerte acusándolo de sedición.
Desde el tiempo de su llamamiento hasta el fin de su ministerio, Jeremías se destacó ante Judá como “fortaleza” y “torre” contra la cual no podía prevalecer la ira del hombre. El Señor le había dicho de antemano: “Pelearán contra ti, y no te vencerán: porque yo estoy contigo para guardarte y para defenderte, dice Jehová. Y librarte he de la mano de los malos, y te redimiré de la mano de los fuertes.” Jeremías 6:27; 15:20, 21.
Siendo de naturaleza tímida y sosegada, Jeremías anhelaba la paz y la tranquilidad de una vida retraída, en la cual no necesitase presenciar la continua impenitencia de su amada nación. Su corazón quedaba desgarrado por la angustia que le ocasionaba la ruina producida por el pecado. Se lamentaba así: “¡Oh si mi cabeza se tornase aguas, y mis ojos fuentes de aguas, para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo! ¡Oh quién me diese en el desierto un mesón de caminantes, para que dejase mi pueblo y de ellos me apartase!” Jeremías 9:1, 2.
Muy crueles eran las burlas que le tocó soportar. Su alma sensible quedaba herida de par en par por las saetas del ridículo dirigidas contra él por aquellos que despreciaban su mensaje y se burlaban de su preocupación por que se convirtieran. Declaró: “Fuí escarnio a todo mi pueblo, canción de ellos todos los días.” “Cada día he sido escarnecido; cada cual se burla de mí.” “Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza.” Lamentaciones 3:14; Jeremías 20:7, 10.
Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.






