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Miércoles 16 de Septiembre de 2026.

hace 6 minutos
8 min de lectura

Salmo 40 (RVR1960) Profetas y Reyes



Alabanza por la liberación divina

(Sal. 70.1-5)

Al músico principal. Salmo de David.

1 Pacientemente esperé a Jehová,


Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor.


2 Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso;


Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos.


3 Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios.


Verán esto muchos, y temerán,


Y confiarán en Jehová.


4 Bienaventurado el hombre que puso en Jehová su confianza,


Y no mira a los soberbios, ni a los que se desvían tras la mentira.


5 Has aumentado, oh Jehová Dios mío, tus maravillas;


Y tus pensamientos para con nosotros,


No es posible contarlos ante ti.


Si yo anunciare y hablare de ellos,


No pueden ser enumerados.


6 Sacrificio y ofrenda no te agrada;


Has abierto mis oídos;


Holocausto y expiación no has demandado.


7 Entonces dije: He aquí, vengo;


En el rollo del libro está escrito de mí;


8 El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado,


Y tu ley está en medio de mi corazón.


9 He anunciado justicia en grande congregación;


He aquí, no refrené mis labios,


Jehová, tú lo sabes.


10 No encubrí tu justicia dentro de mi corazón;


He publicado tu fidelidad y tu salvación;


No oculté tu misericordia y tu verdad en grande asamblea.


11 Jehová, no retengas de mí tus misericordias;


Tu misericordia y tu verdad me guarden siempre.


12 Porque me han rodeado males sin número;


Me han alcanzado mis maldades, y no puedo levantar la vista.


Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza, y mi corazón me falla.


13 Quieras, oh Jehová, librarme;


Jehová, apresúrate a socorrerme.


14 Sean avergonzados y confundidos a una


Los que buscan mi vida para destruirla.


Vuelvan atrás y avergüéncense


Los que mi mal desean;


15 Sean asolados en pago de su afrenta


Los que me dicen: ¡Ea, ea!


16 Gócense y alégrense en ti todos los que te buscan,


Y digan siempre los que aman tu salvación:


Jehová sea enaltecido.


17 Aunque afligido yo y necesitado,


Jehová pensará en mí.


Mi ayuda y mi libertador eres tú;


Dios mío, no te tardes.


Comentario del Capitulo





Capítulo 34—Jeremías


Entre los que habían esperado que se produjese un despertar espiritual permanente como resultado de la reforma realizada bajo la dirección de Josías, se contaba Jeremías, llamado por Dios al cargo profético mientras era todavía joven, en el año décimotercero del reinado de Josías. Miembro del sacerdocio levítico, Jeremías había sido educado desde su infancia para el servicio santo. Durante aquellos felices años de preparación, distaba mucho de comprender que había sido ordenado desde su nacimiento para ser “profeta a las gentes,” y cuando le llegó el llamamiento divino, se quedó abrumado por el sentimiento de su indignidad y exclamó: “¡Ah! ¡ah! ¡Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño.” Jeremías 1:5, 6.


En el joven Jeremías, Dios veía alguien que sería fiel a su cometido, y que se destacaría en favor de lo recto contra gran oposición. Había sido fiel en su niñez; y ahora iba a soportar penurias como buen soldado de la cruz. El Señor ordenó a su mensajero escogido: “No digas, soy niño; porque a todo lo que te enviaré irás tú, y dirás todo lo que te mandaré. No temas delante de ellos, porque contigo soy para librarte.” “Tú pues, ciñe tus lomos, y te levantarás, y les hablarás todo lo que te mandaré: no temas delante de ellos, porque no te haga yo quebrantar delante de ellos. Porque he aquí que yo te he puesto en este día como ciudad fortalecida, y como columna de hierro, y como muro de bronce sobre toda la tierra, a los reyes de Judá, a sus príncipes, a sus sacerdotes, y al pueblo de la tierra. Y pelearán contra ti, mas no te vencerán; porque yo soy contigo, dice Jehová, para librarte.” Vers. 7, 8, 17-19.


Durante cuarenta años iba a destacarse Jeremías delante de la nación como testigo por la verdad y la justicia. En un tiempo de apostasía sin igual, iba a representar en su vida y carácter el culto del único Dios verdadero. Durante los terribles sitios que iba a sufrir Jerusalén, sería el portavoz de Jehová. Habría de predecir la caída de la casa de David, y la destrucción del hermoso templo construído por Salomón. Y cuando fuese encarcelado por sus intrépidas declaraciones, seguiría hablando claramente contra el pecado de los encumbrados. Despreciado, odiado, rechazado por los hombres, iba a presenciar finalmente el cumplimiento literal de sus propias profecías de ruina inminente, y compartir el pesar y la desgracia que seguirían a la destrucción de la ciudad condenada.


Sin embargo, en medio de la ruina general en que iba cayendo rápidamente la nación, se le permitió a menudo a Jeremías mirar más allá de las escenas angustiadoras del presente y contemplar las gloriosas perspectivas que ofrecía el futuro, cuando el pueblo de Dios sería redimido de la tierra del enemigo y transplantado de nuevo a Sión. Previó el tiempo en que el Señor renovaría su pacto con ellos, y dijo: “Su alma será como huerto de riego, ni nunca más tendrán dolor.” Jeremías 31:12.


Jeremías mismo escribió, acerca de su llamamiento a la misión profética: “Extendió Jehová su mano, y tocó sobre mi boca; y díjome Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca. Mira que te he puesto en este día sobre gentes y sobre reinos, para arrancar y para destruir, y para arruinar y para derribar, y para edificar y para plantar.” Jeremías 1:9, 10.


Gracias a Dios por las palabras “para edificar y para plantar.” Por su medio, el Señor aseguró a Jeremías que tenía el propósito de restaurar y sanar. Severos iban a ser los mensajes que debería dar durante los años que vendrían. Habría de comunicar sin temor las profecías de los juicios que se acercaban rápidamente. Desde las llanuras de Sinar iba a soltarse “el mal sobre todos los moradores de la tierra.” Declaró el Señor: “Proferiré mis juicios contra los que me dejaron.” Vers. 14, 16. Sin embargo, el profeta debía acompañar estos mensajes con promesas de perdón para todos los que quisieran dejar de hacer el mal.


Como sabio perito constructor, desde el mismo comienzo de su carrera, Jeremías procuró alentar a los hombres de Judá para que, haciendo obra cabal de arrepentimiento, pusiesen fundamentos anchos y profundos para su vida espiritual. Durante mucho tiempo habían estado edificando con material que el apóstol Pablo comparó con madera, paja y hojarasca, y que Jeremías mismo llamó “escorias.” Jeremías 6:29 (VBC). Declaró acerca de los que formaban la nación impenitente: “Plata desechada los llamarán, porque Jehová los desechó.” Vers. 30. Ahora se les dirigían instancias para que comenzasen a edificar sabiamente y para la eternidad, desechando las escorias de la apostasía y de la incredulidad, para usar en el fundamento el oro puro, la plata refinada, las piedras preciosas, es decir la fe, la obediencia y las buenas obras, que eran lo único aceptable a la vista de un Dios santo.


La palabra que el Señor dirigió a su pueblo por medio de Jeremías fué: “Vuélvete, oh rebelde de Israel, ... no haré caer mi ira sobre vosotros: porque misericordioso soy yo, dice Jehová, no guardaré para siempre el enojo. Conoce empero tu maldad, porque contra Jehová tu Dios has prevaricado... Convertíos, hijos rebeldes, dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo.” “Padre mío me llamarás, y no te apartarás de en pos de mí.” “Convertíos, hijos rebeldes, sanaré vuestras rebeliones.” Jeremías 3:12-14, 19, 22.


Y en adición a estas súplicas admirables, el Señor dió a su pueblo errante las palabras mismas con las cuales podían dirigirse a él. Habían de decir: “He aquí nosotros venimos a ti; porque tú eres Jehová nuestro Dios. Ciertamente vanidad son los collados, la multitud de los montes: ciertamente en Jehová nuestro Dios está la salud de Israel... Yacemos en nuestra confusión, y nuestra afrenta nos cubre: porque pecamos contra Jehová nuestro Dios, nosotros y nuestros padres, desde nuestra juventud y hasta este día; y no hemos escuchado la voz de Jehová nuestro Dios.” Vers. 22-25.


La reforma realizada bajo Josías había limpiado la tierra de altares idólatras, pero los corazones de la multitud no habían sido transformados. Las semillas de la verdad que habían brotado y dado promesa de una abundante cosecha, habían sido ahogadas por las espinas. Otro retroceso tal sería fatal; y el Señor procuró despertar a la nación para que comprendiese su peligro. Únicamente si era leal a Jehová, podía esperar que gozaría del favor divino y de prosperidad.


Jeremías llamó su atención repetidas veces a los consejos dados en Deuteronomio. Más que cualquier otro de los profetas, recalcó las enseñanzas de la ley mosaica, y demostró cómo esas enseñanzas podían reportar las más altas bendiciones espirituales a la nación y a todo corazón individual. Suplicaba: “Preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma.” Jeremías 6:16.


En una ocasión, por orden de Jehová, el profeta se situó en una de las principales entradas de la ciudad, y allí insistió en lo importante que era santificar el sábado. Los habitantes de Jerusalén estaban en peligro de olvidar la santidad del sábado, y los amonestó solemnemente contra la costumbre de seguir con sus ocupaciones seculares en ese día. Les prometió una bendición a condición de que obedecieran. El Señor declaró: “Será empero, si vosotros me obedeciereis, dice Jehová, no metiendo carga por las puertas de esta ciudad en el día del sábado, sino que santificareis el día del sábado, no haciendo en él ninguna obra; que entrarán por las puertas de esta ciudad, en carros y en caballos, los reyes y los príncipes que se sientan sobre el trono de David, ellos y sus príncipes, los varones de Judá, y los moradores de Jerusalem: y esta ciudad será habitada para siempre.” Jeremías 17:24, 25.


Esta promesa de prosperidad como recompensa de la fidelidad iba acompañada por una profecía de los terribles castigos que caerían sobre la ciudad si sus habitantes eran desleales a Dios y a su ley. Si las amonestaciones a obedecer al Señor Dios de sus padres y a santificar sus sábados no eran escuchadas, la ciudad y sus palacios quedarían completamente destruídos por el fuego.


Así defendió el profeta firmemente los sanos principios de la vida justa tan claramente bosquejados en el libro de la ley. Pero las condiciones que prevalecían en la tierra de Judá eran tales que únicamente merced a las medidas más decididas podía producirse una mejoría; por lo tanto trabajó con el mayor fervor por los impenitentes. Rogaba: “Haced barbecho para vosotros, y no sembréis sobre espinas.” “Lava de la malicia tu corazón, oh Jerusalem, para que seas salva.” Jeremías 4:3, 14.


Pero la gran mayoría del pueblo no escuchó el llamamiento al arrepentimiento y a la reforma. Desde la muerte del buen rey Josías, los que gobernaban la nación habían sido infieles a su cometido, y habían estado extraviando a muchos. Joacaz, depuesto por la intervención del rey de Egipto, había sido seguido por Joaquim, hijo mayor de Josías. Desde el principio del reinado de Joaquim, Jeremías había tenido poca esperanza de salvar a su tierra amada de la destrucción y al pueblo del cautiverio. Sin embargo, no se le permitió callar mientras la ruina completa amenazaba al reino. Los que habían permanecido leales a Dios debían ser alentados a perseverar en el bien hacer, y si era posible los pecadores debían ser inducidos a apartarse de la iniquidad.


La crisis exigía un esfuerzo público y abarcante. El Señor ordenó a Jeremías que se pusiese de pie en el atrio del templo, y allí hablase a todo el pueblo de Judá que entrase y saliese. No debía quitar una sola palabra de los mensajes que se le daban, a fin de que los pecadores de Sión tuviesen las más amplias oportunidades de escuchar y apartarse de sus malos caminos.


“Y después dijo: ¿Qué título es éste que veo? Y los de la ciudad le respondieron: Este es el sepulcro del varón de Dios que vino de Judá, y profetizó estas cosas que tú has hecho sobre el altar de Beth-el. Y él dijo: Dejadlo; ninguno mueva sus huesos: y así fueron preservados sus huesos, y los huesos del profeta que había venido de Samaria.” 2 Reyes 23:15-18.


En las laderas meridionales del monte de las Olivas, frente al hermoso templo de Jehová sobre el monte Moria, estaban los altares y las imágenes que habían sido colocadas allí por Salomón para agradar a sus esposas idólatras. 1 Reyes 11:6-8. Durante más de tres siglos, las grandes y deformes imágenes habían estado en el “Monte de la Ofensa,” como testigos mudos de la apostasía del rey más sabio que hubiese tenido Israel. Ellas también fueron sacadas y destruidas por Josías.








Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.







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