Jueves 1 de Octubre 2026.
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Salmo 55 (RVR1960) Profetas y Reyes
Plegaria pidiendo la destrucción de enemigos traicioneros
Al músico principal; en Neginot. Masquil de David.
1 Escucha, oh Dios, mi oración,
Y no te escondas de mi súplica.
2 Está atento, y respóndeme;
Clamo en mi oración, y me conmuevo,
3 A causa de la voz del enemigo,
Por la opresión del impío;
Porque sobre mí echaron iniquidad,
Y con furor me persiguen.
4 Mi corazón está dolorido dentro de mí,
Y terrores de muerte sobre mí han caído.
5 Temor y temblor vinieron sobre mí,
Y terror me ha cubierto.
6 Y dije: ¡Quién me diese alas como de paloma!
Volaría yo, y descansaría.
7 Ciertamente huiría lejos;
Moraría en el desierto. Selah
8 Me apresuraría a escapar
Del viento borrascoso, de la tempestad.
9 Destrúyelos, oh Señor; confunde la lengua de ellos;
Porque he visto violencia y rencilla en la ciudad.
10 Día y noche la rodean sobre sus muros,
E iniquidad y trabajo hay en medio de ella.
11 Maldad hay en medio de ella,
Y el fraude y el engaño no se apartan de sus plazas.
12 Porque no me afrentó un enemigo,
Lo cual habría soportado;
Ni se alzó contra mí el que me aborrecía,
Porque me hubiera ocultado de él;
13 Sino tú, hombre, al parecer íntimo mío,
Mi guía, y mi familiar;
14 Que juntos comunicábamos dulcemente los secretos,
Y andábamos en amistad en la casa de Dios.
15 Que la muerte les sorprenda;
Desciendan vivos al Seol,
Porque hay maldades en sus moradas, en medio de ellos.
16 En cuanto a mí, a Dios clamaré;
Y Jehová me salvará.
17 Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré,
Y él oirá mi voz.
18 Él redimirá en paz mi alma de la guerra contra mí,
Aunque contra mí haya muchos.
19 Dios oirá, y los quebrantará luego,
El que permanece desde la antigüedad;
Por cuanto no cambian,
Ni temen a Dios. Selah
20 Extendió el inicuo sus manos contra los que estaban en paz con él;
Violó su pacto.
21 Los dichos de su boca son más blandos que mantequilla,
Pero guerra hay en su corazón;
Suaviza sus palabras más que el aceite,
Mas ellas son espadas desnudas.
22 Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará;
No dejará para siempre caído al justo.
23 Mas tú, oh Dios, harás descender aquellos al pozo de perdición.
Los hombres sanguinarios y engañadores no llegarán a la mitad de sus días;
Pero yo en ti confiaré.
Comentario del Capitulo

Capítulo 37—Llevados cautivos a Babilonia
En el año noveno del reinado de Sedequías, “Nabucodonosor rey de Babilonia vino con todo su ejército contra Jerusalem” para asediar la ciudad. 2 Reyes 25:1. Para Judá la perspectiva era desesperada. El Señor mismo declaró por medio de Ezequiel: “He aquí que estoy yo contra ti.” Ezequiel 21:3 (VM) “Yo Jehová saqué mi espada de su vaina; no volverá más... Todo corazón se desleirá, y todas manos se debilitarán, y angustiaráse todo espíritu, y todas rodillas se irán en aguas.” “Y derramaré sobre ti mi ira: el fuego de mi enojo haré encender sobre ti, y te entregaré en mano de hombres temerarios, artífices de destrucción.” Vers. 5-7, 31.
Los egipcios procuraron acudir en auxilio de la ciudad sitiada; y los caldeos, a fin de impedírselo, levantaron por un tiempo el sitio de la capital judía. Renació la esperanza en el corazón de Sedequías, y envió un mensajero a Jeremías, para pedirle que orase a Dios en favor de la nación hebrea.
La temible respuesta del profeta fué que los caldeos regresarían y destruirían la ciudad. El decreto había sido dado; la nación impía no podía ya evitar los juicios divinos. El Señor advirtió así a su pueblo: “No engañéis vuestras almas... Los Caldeos ... no se irán. Porque aun cuando hirieseis todo el ejército de los Caldeos que pelean con vosotros, y quedasen de ellos hombres alanceados, cada uno se levantará de su tienda, y pondrán esta ciudad a fuego.” Jeremías 37:9, 10. El residuo de Judá iba a ser llevado en cautiverio, para que aprendiese por medio de la adversidad las lecciones que se había negado a aprender en circunstancias más favorables. Ya no era posible apelar de este decreto del santo Vigía.
Entre los justos que estaban todavía en Jerusalén y para quienes había sido aclarado el propósito divino, se contaban algunos que estaban resueltos a poner fuera del alcance de manos brutales el arca sagrada que contenía las tablas de piedra sobre las cuales habían sido escritos los preceptos del Decálogo. Así lo hicieron. Con lamentos y pesadumbre, escondieron el arca en una cueva, donde había de quedar oculta del pueblo de Israel y de Judá por causa de sus pecados, para no serles ya devuelta. Esa arca sagrada está todavía escondida. No ha sido tocada desde que fué puesta en recaudo.
Durante muchos años, Jeremías se había destacado ante el pueblo como testigo fiel de Dios; y cuando la ciudad condenada estaba a punto de caer en manos de los paganos consideró terminada su obra e intentó salir; pero se lo impidió el hijo de uno de los falsos profetas, quien informó que Jeremías estaba por unirse a los babilonios, a quienes, repetidamente, había instado a los hombres de Judá que se sometieran. El profeta negó la calumniosa acusación, pero “los príncipes se airaron contra Jeremías, y azotáronle, y pusiéronle en prisión.” Vers. 15.
Las esperanzas que habían nacido en los corazones de los príncipes y del pueblo cuando los ejércitos de Nabucodonosor se volvieron hacia el sur para hacer frente a los egipcios, quedaron pronto destruídas. La palabra de Jehová había sido: “He aquí que estoy yo contra ti, Faraón rey de Egipto.” Ezequiel 29:3 (VM). El poderío de Egipto no era sino una caña cascada. La Inspiración había declarado: “Sabrán todos los moradores de Egipto que yo soy Jehová, por cuanto fueron bordón de caña a la casa de Israel.” “Fortificaré pues los brazos del rey de Babilonia, y los brazos de Faraón caerán; y sabrán que yo soy Jehová, cuando yo pusiere mi espada en la mano del rey de Babilonia, y él la extendiere sobre la tierra de Egipto.” Ezequiel 29:6; 30:25.
Mientras los príncipes de Judá seguían esperando vanamente el auxilio de Egipto, el rey Sedequías se acordó con ansioso presentimiento del profeta de Dios que había sido echado en la cárcel. Después de muchos días, el rey le mandó buscar y le preguntó en secreto: “¿Hay palabra de Jehová?” Jeremías contestó: “Hay. Y dijo más: En mano del rey de Babilonia serás entregado.
“Dijo también Jeremías al rey Sedechías: ¿En qué pequé contra ti, y contra tus siervos, y contra este pueblo, para que me pusieseis en la casa de la cárcel? ¿Y dónde están vuestros profetas que os profetizaban, diciendo: No vendrá el rey de Babilonia contra vosotros, ni contra esta tierra? Ahora pues, oye, te ruego, oh rey mi señor: caiga ahora mi súplica delante de ti, y no me hagas volver a casa de Jonathán escriba, porque no me muera allí.” Jeremías 37:17-20.
Al oír esto Sedequías ordenó que llevaran “a Jeremías en el patio de la cárcel, haciéndole dar una torta de pan al día, de la plaza de los Panaderos, hasta que todo el pan de la ciudad se gastase. Y quedó Jeremías en el patio de la cárcel.” Vers. 21.
El rey no se atrevió a manifestar abiertamente fe en Jeremías. Aunque el temor le impulsaba a solicitarle información en particular, era demasiado débil para arrostrar la desaprobación de sus príncipes y del pueblo sometiéndose a la voluntad de Dios según se la declaraba el profeta.
Desde el patio de la cárcel, Jeremías continuó aconsejando que el pueblo se sometiera al gobierno babilónico. Ofrecer resistencia era invitar una muerte segura. El mensaje del Señor a Judá era: “El que se quedare en esta ciudad morirá a cuchillo, o de hambre, o de pestilencia; mas el que saliere a los Caldeos vivirá, pues su vida le será por despojo, y vivirá.” Las palabras pronunciadas eran claras y positivas. En nombre del Señor, el profeta declaró audazmente: “Así ha dicho Jehová: De cierto será entregada esta ciudad en mano del ejército del rey de Babilonia, y tomarála.” Jeremías 38:2, 3.
Al fin, los príncipes, enfurecidos por los consejos con que Jeremías contrariara repetidas veces su terca política de resistencia, protestaron vigorosamente ante el rey e insistieron en que el profeta era enemigo de la nación, y que, por cuanto sus palabras habían debilitado las manos del pueblo y acarreado desgracias sobre ellos, se le debía dar muerte.
Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.






