Martes 15 de Septiembre de 2026.
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Salmo 39 (RVR1960) Profetas y Reyes
El carácter transitorio de la vida
Al músico principal; a Jedutún. Salmo de David.
1 Yo dije: Atenderé a mis caminos,
Para no pecar con mi lengua;
Guardaré mi boca con freno,
En tanto que el impío esté delante de mí.
2 Enmudecí con silencio, me callé aun respecto de lo bueno;
Y se agravó mi dolor.
3 Se enardeció mi corazón dentro de mí;
En mi meditación se encendió fuego,
Y así proferí con mi lengua:
4 Hazme saber, Jehová, mi fin,
Y cuánta sea la medida de mis días;
Sepa yo cuán frágil soy.
5 He aquí, diste a mis días término corto,
Y mi edad es como nada delante de ti;
Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive. Selah
6 Ciertamente como una sombra es el hombre;
Ciertamente en vano se afana;
Amontona riquezas, y no sabe quién las recogerá.
7 Y ahora, Señor, ¿qué esperaré?
Mi esperanza está en ti.
8 Líbrame de todas mis transgresiones;
No me pongas por escarnio del insensato.
9 Enmudecí, no abrí mi boca,
Porque tú lo hiciste.
10 Quita de sobre mí tu plaga;
Estoy consumido bajo los golpes de tu mano.
11 Con castigos por el pecado corriges al hombre,
Y deshaces como polilla lo más estimado de él;
Ciertamente vanidad es todo hombre. Selah
12 Oye mi oración, oh Jehová, y escucha mi clamor.
No calles ante mis lágrimas;
Porque forastero soy para ti,
Y advenedizo, como todos mis padres.
13 Déjame, y tomaré fuerzas,
Antes que vaya y perezca.
Comentario del Capitulo

Capítulo 33—El libro de la ley
Estos pasajes y otros similares revelaron a Josías el amor de Dios hacia su pueblo, y su aborrecimiento por el pecado. Al leer el rey las profecías de los juicios que habrían de caer prestamente sobre los que persistiesen en la rebelión, tembló acerca del futuro. La perversidad de Judá había sido grande; ¿cuál sería el resultado de su continua apostasía?
En los años anteriores, el rey no había sido indiferente a la idolatría que prevalecía. “A los ocho años de su reinado, siendo aún muchacho,” se había consagrado plenamente al servicio de Dios. Cuatro años más tarde, cuando tuvo veinte, hizo un esfuerzo fervoroso por evitar la tentación a sus súbditos y limpió “a Judá y a Jerusalem de los altos, bosques, esculturas, e imágenes de fundición. Y derribaron delante de él los altares de los Baales, e hizo pedazos las imágenes del sol, que estaban puestas encima; despedazó también los bosques, y las esculturas y estatuas de fundición, y desmenuzólas, y esparció el polvo sobre los sepulcros de los que les habían sacrificado. Quemó además los huesos de los sacerdotes sobre sus altares, y limpió a Judá y a Jerusalem.” 2 Crónicas 34:3-5.
Sin conformarse con la obra esmerada que hacía en la tierra de Judá, el joven gobernante extendió sus esfuerzos a las porciones de Palestina antes ocupadas por las diez tribus de Israel, de las cuales quedaba tan sólo un débil residuo. Dice el relato: “Lo mismo hizo en las ciudades de Manasés, Ephraim, y Simeón, hasta en Nephtalí.” Y no volvió a Jerusalén antes de haber atravesado a lo largo y a lo ancho esta región de hogares arruinados y “hubo derribado los altares y los bosques, y quebrado y desmenuzado las esculturas, y destruido todos los ídolos por toda la tierra de Israel.” Vers. 6, 7.
Así era como Josías, desde su juventud, había procurado valerse de su cargo de rey para exaltar los principios de la santa ley de Dios. Y ahora, mientras el escriba Safán le leía el libro de la ley, el rey discernió en ese volumen un tesoro de conocimiento y un aliado poderoso en la obra de reforma que tanto deseaba ver realizada en la tierra. Resolvió andar en la luz de sus consejos y hacer todo lo que estuviese en su poder para comunicar sus enseñanzas al pueblo, a fin de inducirlo, si era posible, a cultivar la reverencia y el amor a la ley del cielo.
Pero ¿podía realizarse la reforma necesaria? Israel había llegado casi al límite de la tolerancia divina; pronto Dios se iba a levantar para castigar a aquellos que habían deshonrado su nombre, Ya la ira de Dios se había encendido contra el pueblo. Abrumado de pesar y desaliento, Josías rasgó sus vestiduras, y se postró ante Dios agonizando en su espíritu y pidiendo perdón por los pecados de una nación impenitente.
En aquel tiempo, la profetisa Hulda vivía en Jerusalén, cerca del templo. El rey, lleno de ansiosos presentimientos, la recordó y resolvió inquirir del Señor mediante esa mensajera escogida para saber, si era posible, por qué medios a su alcance podría salvar al errante Judá, ahora al borde de la ruina.
La gravedad de la situación y el respeto que tenía por la profetisa le indujeron a enviarle como mensajeros a los primeros hombres del reino. Les pidió: “Id, y preguntad a Jehová por mí, y por el pueblo, y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que se ha hallado: porque grande ira de Jehová es la que ha sido encendida contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos fué escrito.” 2 Reyes 22:13.
Por intermedio de Hulda el Señor avisó a Josías de que la ruina de Jerusalén no se podía evitar. Aun cuando el pueblo se humillase delante de Dios, no escaparía a su castigo. Sus sentidos habían estado amortiguados durante tanto tiempo por el mal hacer, que si el juicio no caía sobre ellos, no tardarían en volver a la misma conducta pecaminosa. Declaró la profetisa: “Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Decid al varón que os envió a mí: Así dijo Jehová: He aquí yo traigo mal sobre este lugar, y sobre los que en él moran, a saber, todas las palabras del libro que ha leído el rey de Judá. Por cuanto me dejaron a mí, y quemaron perfumes a dioses ajenos, provocándome a ira en toda obra de sus manos; y mi furor se ha encendido contra este lugar, y no se apagará.” Vers. 15-17.
Pero debido a que el rey había humillado su corazón delante de Dios, el Señor reconocería su presteza y disposición a pedir perdón y misericordia. Se le mandó este mensaje: “Y tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová, cuando oíste lo que yo he pronunciado contra este lugar y contra sus moradores, que vendrían a ser asolados y malditos, y rasgaste tus vestidos, y lloraste en mi presencia, también yo te he oído, dice Jehová. Por tanto, he aquí yo te recogeré con tus padres, y tú serás recogido a tu sepulcro en paz, y no verán tus ojos todo el mal que yo traigo sobre este lugar.” Vers. 19, 20.
El rey debía confiar a Dios los acontecimientos futuros; no podía alterar los eternos decretos de Jehová. Pero al anunciar los castigos retributivos del Cielo, el Señor no retiraba la oportunidad de arrepentirse y reformarse; y Josías, discerniendo en esto que Dios tenía buena voluntad para atemperar sus juicios con misericordia, resolvió hacer cuanto estuviese en su poder para realizar reformas decididas. Mandó llamar inmediatamente una gran convocación, a la cual invitó a los ancianos y magistrados de Jerusalén y Judá, juntamente con el pueblo común. Estos, con los sacerdotes y levitas, se encontraron con el rey en el atrio del templo.
A esta vasta asamblea el rey mismo leyó “todas las palabras del libro del pacto que había sido hallado en la casa de Jehová.” 2 Reyes 23:2. El lector real estaba profundamente afectado, y dió su mensaje con la emoción patética de un corazón quebrantado. Sus oyentes quedaron profundamente conmovidos. La intensidad de los sentimientos revelados en el rostro del rey, la solemnidad del mensaje mismo, la advertencia de los juicios inminentes, todo esto tuvo su efecto, y muchos resolvieron unirse al rey para pedir perdón.
Josías propuso luego que los que ejercían la más alta autoridad se comprometiesen solemnemente con el pueblo delante de Dios a cooperar unos con otros en un esfuerzo para instituir cambios decididos. “Y poniéndose el rey en pie junto a la columna, hizo alianza delante de Jehová, de que irían en pos de Jehová, y guardarían sus mandamientos, y sus testimonios, y sus estatutos, con todo el corazón y con toda el alma, y que cumplirían las palabras de la alianza que estaban escritas en aquel libro.” La respuesta fué más cordial de lo que el rey se había atrevido a esperar, pues “todo el pueblo confirmó el pacto.” Vers. 3.
En la reforma que siguió, el rey dedicó su atención a destruir todo vestigio que quedara de la idolatría. Hacía tanto tiempo que los habitantes del país seguían las costumbres de las naciones circundantes en lo referente a postrarse ante imágenes de madera y piedra, que parecía casi imposible al hombre eliminar todo rastro de estos males. Pero Josías perseveró en su esfuerzo por purificar la tierra. Con severidad hizo frente a la idolatría matando “a todos los sacerdotes de los altos;” “asimismo barrió Josías los pythones, adivinos, y terapheos, y todas las abominaciones que se veían en la tierra de Judá y en Jerusalem, para cumplir las palabras de la ley que estaban escritas en el libro que el sacerdote Hilcías había hallado en la casa de Jehová.” Vers. 20, 24.
En tiempo de la división del reino, siglos antes, cuando Jeroboam, hijo de Nabat, desafiando atrevidamente al Dios a quien Israel servía, se esforzaba por apartar el corazón del pueblo de los servicios del templo de Jerusalén hacia nuevas formas de culto, había levantado un altar profano en Betel. Durante la dedicación de ese altar, que en el transcurso de los años iba a inducir a muchos a seguir prácticas idólatras, se había presentado repentinamente un hombre de Dios proveniente de Judea, quien pronunció palabras de condenación por el proceder sacrílego. Había clamado “contra el altar” y declarado:
“Altar, altar, así ha dicho Jehová: He aquí que a la casa de David nacerá un hijo, llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los altos que queman sobre ti perfumes: y sobre ti quemarán huesos de hombres.” 1 Reyes 13:2. Este anunció había sido acompañado por una señal de que la palabra pronunciada era de Jehová.
Habían transcurrido tres siglos. Durante la reforma realizada por Josías, el rey mismo se encontró en Betel, donde estaba aquel antiguo altar. Entonces se iba a cumplir literalmente la profecía hecha tantos años antes en presencia de Jeroboam.
“Igualmente el altar que estaba en Beth-el, y el alto que había hecho Jeroboam hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel, aquel altar y el alto destruyó; y quemó el alto, y lo tornó en polvo, y puso fuego al bosque.
“Y volvióse Josías, y viendo los sepulcros que estaban allí en el monte, envió y sacó los huesos de los sepulcros, y quemólos sobre el altar para contaminarlo, conforme a la palabra de Jehová que había profetizado el varón de Dios, el cual había anunciado estos negocios.
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