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Lunes 5 de Octubre de 2026.

hace 6 minutos
4 min de lectura

Salmo 59 (RVR1960) Profetas y Reyes



Oración pidiendo ser librado de los enemigos

Al músico principal; sobre No destruyas. Mictam de David, cuando Saúl ordenó que vigilaran la casa de David para matarlo.

1 Líbrame de mis enemigos, oh Dios mío;


Ponme a salvo de los que se levantan contra mí.


2 Líbrame de los que cometen iniquidad,


Y sálvame de hombres sanguinarios.


3 Porque he aquí están acechando mi vida;


Se han juntado contra mí poderosos.


No por falta mía, ni pecado mío, oh Jehová;


4 Sin delito mío corren y se aperciben.


Despierta para venir a mi encuentro, y mira.


5 Y tú, Jehová Dios de los ejércitos, Dios de Israel,


Despierta para castigar a todas las naciones;


No tengas misericordia de todos los que se rebelan con iniquidad. Selah


6 Volverán a la tarde, ladrarán como perros,


Y rodearán la ciudad.


7 He aquí proferirán con su boca;


Espadas hay en sus labios,


Porque dicen: ¿Quién oye?


8 Mas tú, Jehová, te reirás de ellos;


Te burlarás de todas las naciones.


9 A causa del poder del enemigo esperaré en ti,


Porque Dios es mi defensa.


10 El Dios de mi misericordia irá delante de mí;


Dios hará que vea en mis enemigos mi deseo.


11 No los mates, para que mi pueblo no olvide;


Dispérsalos con tu poder, y abátelos,


Oh Jehová, escudo nuestro.


12 Por el pecado de su boca, por la palabra de sus labios,


Sean ellos presos en su soberbia,


Y por la maldición y mentira que profieren.


13 Acábalos con furor, acábalos, para que no sean;


Y sépase que Dios gobierna en Jacob


Hasta los fines de la tierra. Selah


14 Vuelvan, pues, a la tarde, y ladren como perros,


Y rodeen la ciudad.


15 Anden ellos errantes para hallar qué comer;


Y si no se sacian, pasen la noche quejándose.


16 Pero yo cantaré de tu poder,


Y alabaré de mañana tu misericordia;


Porque has sido mi amparo


Y refugio en el día de mi angustia.


17 Fortaleza mía, a ti cantaré;


Porque eres, oh Dios, mi refugio, el Dios de mi misericordia.


Comentario del Capitulo





Capítulo 38—Luz a través de las tinieblas


Si este consejo se hubiese puesto en práctica a través de los siglos que siguieron, ¡cuán diferente habría sido la historia de Israel! Sólo podía esperar que realizaría el propósito divino si conservaba en su corazón reverencia por la santa palabra de Dios. Fué el aprecio por la ley de Dios lo que dió a Israel fuerza durante el reinado de David y los primeros años del de Salomón; fué por la fe en la palabra viviente cómo se hicieron reformas en los tiempos de Elías y de Josías. Y a esas mismas Escrituras de verdad, la herencia más preciosa de Israel, apelaba Jeremías en sus esfuerzos de reforma. Dondequiera que ejerciera su ministerio, dirigía a la gente la ferviente súplica: “Oid las palabras de este pacto” (Jeremías 11:2), palabras que les hacían comprender plenamente el propósito que tenía Dios de extender a todas las naciones un conocimiento de la verdad salvadora.


Durante los años finales de la apostasía de Judá, las exhortaciones de los profetas parecían tener poco efecto; y cuando los ejércitos de los caldeos vinieron por tercera y última vez para sitiar a Jerusalén, la esperanza abandonó todo corazón. Jeremías predijo la ruina completa; y porque insistía en la rendición se le arrojó finalmente a la cárcel. Pero Dios no abandonó a la desesperación completa al fiel residuo que quedaba en la ciudad. Aun mientras los que despreciaban sus mensajes le vigilaban estrechamente, Jeremías recibió nuevas revelaciones concernientes a la voluntad del Cielo para perdonar y salvar, y ellas han sido desde aquellos tiempos hasta los nuestros una fuente inagotable de consuelo para la iglesia de Dios.


Confiando firmemente en las promesas de Dios, Jeremías, por medio de una parábola en acción, ilustró delante de los habitantes de la ciudad condenada su fe inquebrantable en el cumplimiento final del propósito de Dios hacia su pueblo. En presencia de testigos, y observando cuidadosamente todas las formas legales necesarias, compró por diecisiete siclos de plata un campo ancestral situado en el pueblo cercano de Anatot.


Desde todo punto de vista humano, esta compra de tierra en un territorio ya dominado por los babilonios, parecía un acto insensato. El profeta mismo había estado prediciendo la destrucción de Jerusalén, la desolación de Judá y la completa ruina del reino. Había estado profetizando un largo período de cautiverio en la lejana Babilonia. Era ya anciano y no podía esperar beneficio personal de la compra que había hecho. Sin embargo, su estudio de las profecías registradas en las Escrituras había creado en su corazón la firme convicción de que el Señor se proponía devolver a los hijos del cautiverio su antigua posesión de la tierra prometida. Con los ojos de la fe, Jeremías vió a los desterrados regresando al cabo de los años de aflicción y ocupando de nuevo la tierra de sus padres. Mediante la compra de aquella propiedad en Anatot, quería hacer lo que podía para inspirar a otros la esperanza que tanto consuelo infundía a su propio corazón.








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