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Viernes 2 de Octubre de 2026.

hace 14 horas
5 min de lectura

Salmo 56 (RVR1960) Profetas y Reyes



Oración de confianza

Al músico principal; sobre La paloma silenciosa en paraje muy distante. Mictam de David, cuando los filisteos le prendieron en Gat.

1 Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre;


Me oprime combatiéndome cada día.


2 Todo el día mis enemigos me pisotean;


Porque muchos son los que pelean contra mí con soberbia.


3 En el día que temo,


Yo en ti confío.


4 En Dios alabaré su palabra;


En Dios he confiado; no temeré;


¿Qué puede hacerme el hombre?


5 Todos los días ellos pervierten mi causa;


Contra mí son todos sus pensamientos para mal.


6 Se reúnen, se esconden,


Miran atentamente mis pasos,


Como quienes acechan a mi alma.


7 Pésalos según su iniquidad, oh Dios,


Y derriba en tu furor a los pueblos.


8 Mis huidas tú has contado;


Pon mis lágrimas en tu redoma;


¿No están ellas en tu libro?


9 Serán luego vueltos atrás mis enemigos, el día en que yo clamare;


Esto sé, que Dios está por mí.


10 En Dios alabaré su palabra;


En Jehová su palabra alabaré.


11 En Dios he confiado; no temeré;


¿Qué puede hacerme el hombre?


12 Sobre mí, oh Dios, están tus votos;


Te tributaré alabanzas.


13 Porque has librado mi alma de la muerte,


Y mis pies de caída,


Para que ande delante de Dios


En la luz de los que viven.


Comentario del Capitulo





Capítulo 37—Llevados cautivos a Babilonia


El cobarde rey sabía que las acusaciones eran falsas; pero a fin de propiciar a aquellos que ocupaban puestos elevados y de influencia en la nación fingió creer sus mentiras, y entregó a Jeremías en sus manos para que hiciesen con él lo que quisieran. El profeta fué arrojado “en la mazmorra de Malchías hijo de Amelech, que estaba en el patio de la cárcel; y metieron a Jeremías con sogas. Y en la mazmorra no había agua, sino cieno; y hundióse Jeremías en el cieno.” Vers. 6. Pero Dios le suscitó amigos, quienes se acercaron al rey en su favor, y le hicieron llevar de nuevo al patio de la cárcel.


Otra vez el rey mandó llamar secretamente a Jeremías, y le pidió que le expusiese fielmente el propósito de Dios para con Jerusalén. En respuesta, Jeremías preguntó: “Si te lo denunciare, ¿no es verdad que me matarás? y si te diere consejo, no has de escucharme.” El rey hizo un pacto secreto con el profeta. Prometió: “Vive Jehová que nos hizo esta alma, que no te mataré, ni te entregaré en mano de estos varones que buscan tu alma.” Vers. 15, 16.


El rey tenía todavía oportunidad de revelar si quería escuchar las advertencias de Jehová, y así atemperar con misericordia los castigos que estaban cayendo ya sobre la ciudad y la nación. El mensaje que se le dió al rey fué: “Si salieres luego a los príncipes del rey de Babilonia, tu alma vivirá, y esta ciudad no será puesta a fuego; y vivirás tú y tu casa: Mas si no salieres a los príncipes del rey de Babilonia, esta ciudad será entregada en mano de los Caldeos, y la pondrán a fuego, y tú no escaparás de sus manos.” Vers. 17-20.


El rey contestó: “Témome a causa de los Judíos que se han adherido a los Caldeos, que no me entreguen en sus manos y me escarnezcan.” Pero el profeta prometió: “No te entregarán,” y añadió esta ferviente súplica: “Oye ahora la voz de Jehová que yo te hablo, y tendrás bien, y vivirá tu alma.”


Así, aun a última hora, Dios indicó claramente su disposición a manifestar misericordia a aquellos que decidiesen someterse a sus justos requerimientos. Si el rey hubiese decidido obedecer, el pueblo podría haber salvado la vida, y pudiera haberse evitado la conflagración de la ciudad; pero él consideró que había ido demasiado lejos para retroceder. Temía a los judíos y al ridículo; hasta temblaba por su vida. Después de haberse rebelado durante años contra Dios, Sedequías consideró demasiado humillante decir a su pueblo: “Acepto la palabra de Jehová, según la ha expresado por el profeta Jeremías; no me atrevo a guerrear contra el enemigo frente a todas estas advertencias.”


Con lágrimas, rogó Jeremías a Sedequías que se salvase a sí mismo y a su pueblo. Con espíritu angustiado, le aseguró que a menos que escuchase el consejo de Dios, no escaparía con la vida, y todos sus bienes caerían en manos de los babilonios. Pero el rey se había encaminado erróneamente, y no quería retroceder. Decidió seguir el consejo de los falsos profetas y de los hombres a quienes despreciaba en realidad, y que ridiculizaban su debilidad al ceder con tanta facilidad a sus deseos. Sacrificó la noble libertad de su virilidad, y se transformó en abyecto esclavo de la opinión pública. Aunque no tenía el propósito fijo de hacer lo malo, carecía de resolución para declararse firmemente por lo recto. Aunque convencido del valor que tenía el consejo dado por Jeremías, no tenía energía moral para obedecer; y como consecuencia siguió avanzando en la mala dirección.


Tan grande era la debilidad del rey que ni siquiera quería que sus cortesanos y el pueblo supiesen que había conferenciado con Jeremías, pues el temor de los hombres se había apoderado completamente de su alma. Si Sedequías se hubiese erguido valientemente y hubiese declarado que creía las palabras del profeta, ya cumplidas a medias, ¡cuánta desolación podría haberse evitado! Debiera haber dicho: “Obedeceré al Señor, y salvaré a la ciudad de la ruina completa. No me atrevo a despreciar las órdenes de Dios, por temor a los hombres o para buscar su favor. Amo la verdad, aborrezco el pecado, y seguiré el consejo del Poderoso de Israel.” Entonces el pueblo habría respetado su espíritu valeroso, y los que vacilaban entre la fe y la incredulidad se habrían decidido firmemente por lo recto. La misma intrepidez y justicia de su conducta habrían inspirado admiración y lealtad en sus súbditos. Habría recibido amplio apoyo; y se le habrían perdonado a Judá las indecibles desgracias de la matanza, el hambre y el incendio.


La debilidad de Sedequías fué un pecado por el cual pagó una pena espantosa. El enemigo descendió como alud irresistible, y devastó la ciudad. Los ejércitos hebreos fueron rechazados en confusión. La nación fué vencida. Sedequías fué tomado prisionero y sus hijos fueron muertos delante de sus ojos. El rey fué sacado de Jerusalén cautivo, se le sacaron los ojos, y después de llegar a Babilonia pereció miserablemente. El hermoso templo que durante más de cuatro siglos había coronado la cumbre del monte Sión, no fué preservado por los caldeos. “Quemaron la casa de Dios, y rompieron el muro de Jerusalem, y consumieron al fuego todos sus palacios, y destruyeron todos sus vasos deseables.” 2 Crónicas 36:19.


En el momento de la destrucción final de Jerusalén por Nabucodonosor, muchos fueron los que, habiendo escapado a los horrores del largo sitio, perecieron por la espada. De entre los que todavía quedaban, algunos, notablemente los principales sacerdotes, oficiales y príncipes del reino, fueron llevados a Babilonia y allí ejecutados como traidores. Otros fueron llevados cautivos, para vivir en servidumbre de Nabucodonosor y de sus hijos “hasta que vino el reino de los Persas; para que se cumpliese la palabra de Jehová por la boca de Jeremías.” Vers. 20, 21.








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