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Martes 20 de Octubre de 2026.

hace 14 horas
4 min de lectura

Salmo 74 (RVR1960) Profetas y Reyes



Apelación a Dios en contra del enemigo

Masquil de Asaf.

1 ¿Por qué, oh Dios, nos has desechado para siempre?


¿Por qué se ha encendido tu furor contra las ovejas de tu prado?


2 Acuérdate de tu congregación, la que adquiriste desde tiempos antiguos,


La que redimiste para hacerla la tribu de tu herencia;


Este monte de Sion, donde has habitado.


3 Dirige tus pasos a los asolamientos eternos,


A todo el mal que el enemigo ha hecho en el santuario.


4 Tus enemigos vociferan en medio de tus asambleas;


Han puesto sus divisas por señales.


5 Se parecen a los que levantan


El hacha en medio de tupido bosque.


6 Y ahora con hachas y martillos


Han quebrado todas sus entalladuras.


7 Han puesto a fuego tu santuario,


Han profanado el tabernáculo de tu nombre, echándolo a tierra.


8 Dijeron en su corazón: Destruyámoslos de una vez;


Han quemado todas las sinagogas de Dios en la tierra.


9 No vemos ya nuestras señales;


No hay más profeta,


Ni entre nosotros hay quien sepa hasta cuándo.


10 ¿Hasta cuándo, oh Dios, nos afrentará el angustiador?


¿Ha de blasfemar el enemigo perpetuamente tu nombre?


11 ¿Por qué retraes tu mano?


¿Por qué escondes tu diestra en tu seno?


12 Pero Dios es mi rey desde tiempo antiguo;


El que obra salvación en medio de la tierra.


13 Dividiste el mar con tu poder;


Quebrantaste cabezas de monstruos en las aguas.


14 Magullaste las cabezas del leviatán,


Y lo diste por comida a los moradores del desierto.


15 Abriste la fuente y el río;


Secaste ríos impetuosos.


16 Tuyo es el día, tuya también es la noche;


Tú estableciste la luna y el sol.


17 Tú fijaste todos los términos de la tierra;


El verano y el invierno tú los formaste.


18 Acuérdate de esto: que el enemigo ha afrentado a Jehová,


Y pueblo insensato ha blasfemado tu nombre.


19 No entregues a las fieras el alma de tu tórtola,


Y no olvides para siempre la congregación de tus afligidos.


20 Mira al pacto,


Porque los lugares tenebrosos de la tierra están llenos de habitaciones de violencia.


21 No vuelva avergonzado el abatido;


El afligido y el menesteroso alabarán tu nombre.


22 Levántate, oh Dios, aboga tu causa;


Acuérdate de cómo el insensato te injuria cada día.


23 No olvides las voces de tus enemigos;


El alboroto de los que se levantan contra ti sube continuamente.


Comentario del Capitulo





Capítulo 41—El horno de fuego


“Entonces estos varones fueron atados con sus mantos, y sus calzas, y sus turbantes, y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiendo. Y porque la palabra del rey daba priesa, y había procurado que se encendiese mucho, la llama del fuego mató a aquellos que habían alzado a Sadrach, Mesach, y Abed-nego.”


Pero el Señor no olvidó a los suyos. Cuando sus testigos fueron arrojados al horno, el Salvador se les reveló en persona, y juntos anduvieron en medio del fuego. En la presencia del Señor del calor y del frío, las llamas perdieron su poder de consumirlos.


Desde su solio real, el rey miraba esperando ver completamente destruidos a los hombres que le habían desafiado. Pero sus sentimientos de triunfo cambiaron repentinamente. Los nobles que estaban cerca vieron que su rostro palidecía mientras se levantaba del trono y miraba intensamente hacia las llamas resplandecientes. Con alarma, el rey, volviéndose hacia sus señores, preguntó: “¿No echaron tres varones atados dentro del fuego? ... He aquí que yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego, y ningún daño hay en ellos: y el parecer del cuarto es semejante a hijo de los dioses.”


¿Cómo sabía el rey qué aspecto tendría el Hijo de Dios? En su vida y carácter, los cautivos hebreos que ocupaban puestos de confianza en Babilonia habían representado la verdad delante de él. Cuando se les pidió una razón de su fe, la habían dado sin vacilación. Con claridad y sencillez habían presentado los principios de la justicia, enseñando así a aquellos que los rodeaban acerca del Dios al cual adoraban. Les habían hablado de Cristo, el Redentor que iba a venir; y en la cuarta persona que andaba en medio del fuego, el rey reconoció al Hijo de Dios.


Y ahora, olvidándose de su propia grandeza y dignidad, Nabucodonosor descendió de su trono, y yendo a la boca del horno clamó: “Sadrach, Mesach, y Abed-nego, siervos del alto Dios, salid y venid.”


Entonces Sadrach, Mesach y Abed-nego salieron delante de la vasta muchedumbre, y se los vió ilesos. La presencia de su Salvador los había guardado de todo daño, y sólo se habían quemado sus ligaduras. “Y juntáronse los grandes, los gobernadores, los capitanes, y los del consejo del rey, para mirar estos varones, como el fuego no se enseñoreó de sus cuerpos, ni cabello de sus cabezas fué quemado, ni sus ropas se mudaron, ni olor de fuego había pasado por ellos.”


Olvidada quedó la gran imagen de oro, levantada con tanta pompa. En la presencia del Dios viviente, los hombres temieron y temblaron. El rey humillado se vió obligado a reconocer: “Bendito el Dios de ellos, de Sadrach, Mesach, y Abed-nego, que envió su ángel, y libró sus siervos que esperaron en él, y el mandamiento del rey mudaron, y entregaron sus cuerpos antes que sirviesen ni adorasen otro dios que su Dios.”









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