Martes 3 de Noviembre de 2026.
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Salmo 88 (RVR1960) Profetas y Reyes
Súplica por la liberación de la muerte
Cántico. Salmo para los hijos de Coré. Al músico principal, para cantar sobre Mahalat. Masquil de Hemán ezraíta.
1 Oh Jehová, Dios de mi salvación,
Día y noche clamo delante de ti.
2 Llegue mi oración a tu presencia;
Inclina tu oído a mi clamor.
3 Porque mi alma está hastiada de males,
Y mi vida cercana al Seol.
4 Soy contado entre los que descienden al sepulcro;
Soy como hombre sin fuerza,
5 Abandonado entre los muertos,
Como los pasados a espada que yacen en el sepulcro,
De quienes no te acuerdas ya,
Y que fueron arrebatados de tu mano.
6 Me has puesto en el hoyo profundo,
En tinieblas, en lugares profundos.
7 Sobre mí reposa tu ira,
Y me has afligido con todas tus ondas. Selah
8 Has alejado de mí mis conocidos;
Me has puesto por abominación a ellos;
Encerrado estoy, y no puedo salir.
9 Mis ojos enfermaron a causa de mi aflicción;
Te he llamado, oh Jehová, cada día;
He extendido a ti mis manos.
10 ¿Manifestarás tus maravillas a los muertos?
¿Se levantarán los muertos para alabarte? Selah
11 ¿Será contada en el sepulcro tu misericordia,
O tu verdad en el Abadón?
12 ¿Serán reconocidas en las tinieblas tus maravillas,
Y tu justicia en la tierra del olvido?
13 Mas yo a ti he clamado, oh Jehová,
Y de mañana mi oración se presentará delante de ti.
14 ¿Por qué, oh Jehová, desechas mi alma?
¿Por qué escondes de mí tu rostro?
15 Yo estoy afligido y menesteroso;
Desde la juventud he llevado tus terrores, he estado medroso.
16 Sobre mí han pasado tus iras,
Y me oprimen tus terrores.
17 Me han rodeado como aguas continuamente;
A una me han cercado.
18 Has alejado de mí al amigo y al compañero,
Y a mis conocidos has puesto en tinieblas.
Comentario del Capitulo

Capítulo 44—En el foso de los leones
El cielo está muy cerca de aquellos que sufren por causa de la justicia. Cristo identifica sus intereses con los de su pueblo fiel; sufre en la persona de sus santos; y cualquiera que toque a sus escogidos le toca a él. El poder que está cerca para librar del mal físico o de la angustia está también cerca para salvar del mal mayor, para hacer posible que el siervo de Dios mantenga su integridad en todas las circunstancias y triunfe por la gracia divina.
Lo experimentado por Daniel como estadista en los reinos de Babilonia y de Medo-Persia revela que un hombre de negocios no es necesariamente un maquinador que sigue una política de conveniencias, sino que puede ser un hombre instruído por Dios a cada paso. Siendo Daniel primer ministro del mayor de los reinos terrenales, fué al mismo tiempo profeta de Dios y recibió la luz de la inspiración celestial. Aunque era hombre de iguales pasiones que las nuestras, la pluma inspirada le describe como sin defecto. Cuando las transacciones de sus negocios fueron sometidas al escrutinio más severo de sus enemigos, se comprobó que eran intachables. Fué un ejemplo de lo que todo hombre de negocios puede llegar a ser cuando su corazón haya sido convertido y consagrado, y cuando sus motivos sean correctos a la vista de Dios.
El cumplimiento estricto de los requerimientos del Cielo imparte bendiciones temporales tanto como espirituales. Inquebrantable en su fidelidad a Dios, inconmovible en su dominio del yo, Daniel fué tenido, por su noble dignidad y su integridad inquebrantable, mientras era todavía joven, “en gracia y en buena voluntad” (Daniel 1:9) del oficial pagano encargado de su caso. Las mismas características le distinguieron en su vida ulterior. Se elevó aceleradamente al puesto de primer ministro del reino de Babilonia. Durante el reinado de varios monarcas sucesivos, mientras caía la nación y se establecía otro imperio mundial, su sabiduría y sus dotes de estadista fueron tales, y tan perfectos su tacto, su cortesía y la genuina bondad de su corazón, así como su fidelidad a los buenos principios, que aun sus enemigos se vieron obligados a confesar que “no podían hallar alguna ocasión o falta, porque él era fiel.”
Mientras los hombres le honraban confiándole las responsabilidades del estado y los secretos de reinos que ejercían dominio universal, Daniel fué honrado por Dios como su embajador, y le fueron dadas muchas revelaciones de los misterios referentes a los siglos venideros. Sus admirables profecías, como las registradas en los capítulos siete a doce del libro que lleva su nombre, no fueron comprendidas plenamente ni siquiera por el profeta mismo; pero antes que terminaran las labores de su vida, recibió la bienaventurada promesa de que “hasta el tiempo del fin”—en el plazo final de la historia de este mundo—se le permitiría ocupar otra vez su lugar. No le fué dado comprender todo lo que Dios había revelado acerca del propósito divino, sino que se le ordenó acerca de sus escritos proféticos: “Tú empero, Daniel, cierra las palabras y sella el libro,” pues esos escritos debían quedar sellados “hasta el tiempo del fin.” Las indicaciones adicionales que el ángel dió al fiel mensajero de Jehová fueron: “Anda, Daniel, que estas palabras están cerradas y selladas, hasta el tiempo del cumplimiento... Y tú irás al fin, y reposarás, y te levantarás en tu suerte al fin de los días.” Daniel 12:4, 9, 13.
A medida que nos acercamos al término de la historia de este mundo, las profecías registradas por Daniel exigen nuestra atención especial, puesto que se relacionan con el tiempo mismo en que estamos viviendo. Con ellas deben vincularse las enseñanzas del último libro del Nuevo Testamento. Satanás ha inducido a muchos a creer que las porciones proféticas de los escritos de Daniel y de Juan el revelador no pueden comprenderse. Pero se ha prometido claramente que una bendición especial acompañará el estudio de esas profecías. “Entenderán los entendidos” (Daniel 12:10), fué dicho acerca de las visiones de Daniel cuyo sello iba a ser quitado en los últimos días; y acerca de la revelación que Cristo dió a su siervo Juan para guiar al pueblo de Dios a través de los siglos, se prometió: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas.” Apocalipsis 1:3.
Del nacimiento y de la caída de las naciones, según resaltan en los libros de Daniel y Apocalipsis, necesitamos aprender cuán vana es la gloria y pompa mundanal. Babilonia, con todo su poder y magnificencia, cuyo parangón nuestro mundo no ha vuelto a contemplar—un poder y una magnificencia que la gente de aquel tiempo creía estables y duraderos,—se desvaneció y ¡cuán completamente! Pereció “como la flor de la hierba.” Santiago 1:10. Así perecieron el reino medo-persa, y los imperios de Grecia y de Roma. Y así perece todo lo que no está fundado en Dios. Sólo puede perdurar lo que se vincula con su propósito y expresa su carácter. Sus principios son lo único firme que conoce nuestro mundo.
Un estudio cuidadoso de cómo se cumple el propósito de Dios en la historia de las naciones y en la revelación de las cosas venideras, nos ayudará a estimar en su verdadero valor las cosas que se ven y las que no se ven, y a comprender cuál es el verdadero objeto de la vida. Considerando así las cosas de este tiempo a la luz de la eternidad, podremos, como Daniel y sus compañeros, vivir por lo que es verdadero, noble y perdurable. Y al aprender en esta vida a reconocer los principios del reino de nuestro Señor y Salvador, el reino bienaventurado que ha de durar para siempre, podemos ser preparados para entrar con él a poseerlo cuando venga.
Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.






