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Miércoles 4 de Noviembre de 2026.

hace 11 minutos
8 min de lectura

Salmo 89 (RVR1960) Profetas y Reyes



Pacto de Dios con David

Masquil de Etán ezraíta.

1 Las misericordias de Jehová cantaré perpetuamente;


De generación en generación haré notoria tu fidelidad con mi boca.


2 Porque dije: Para siempre será edificada misericordia;


En los cielos mismos afirmarás tu verdad.


3 Hice pacto con mi escogido;


Juré a David mi siervo, diciendo:


4 Para siempre confirmaré tu descendencia,


Y edificaré tu trono por todas las generaciones. Selah


5 Celebrarán los cielos tus maravillas, oh Jehová,


Tu verdad también en la congregación de los santos.


6 Porque ¿quién en los cielos se igualará a Jehová?


¿Quién será semejante a Jehová entre los hijos de los potentados?


7 Dios temible en la gran congregación de los santos,


Y formidable sobre todos cuantos están alrededor de él.


8 Oh Jehová, Dios de los ejércitos,


¿Quién como tú? Poderoso eres, Jehová,


Y tu fidelidad te rodea.


9 Tú tienes dominio sobre la braveza del mar;


Cuando se levantan sus ondas, tú las sosiegas.


10 Tú quebrantaste a Rahab como a herido de muerte;


Con tu brazo poderoso esparciste a tus enemigos.


11 Tuyos son los cielos, tuya también la tierra;


El mundo y su plenitud, tú lo fundaste.


12 El norte y el sur, tú los creaste;


El Tabor y el Hermón cantarán en tu nombre.


13 Tuyo es el brazo potente;


Fuerte es tu mano, exaltada tu diestra.


14 Justicia y juicio son el cimiento de tu trono;


Misericordia y verdad van delante de tu rostro.


15 Bienaventurado el pueblo que sabe aclamarte;


Andará, oh Jehová, a la luz de tu rostro.


16 En tu nombre se alegrará todo el día,


Y en tu justicia será enaltecido.


17 Porque tú eres la gloria de su potencia,


Y por tu buena voluntad acrecentarás nuestro poder.


18 Porque Jehová es nuestro escudo,


Y nuestro rey es el Santo de Israel.


19 Entonces hablaste en visión a tu santo,


Y dijiste: He puesto el socorro sobre uno que es poderoso;


He exaltado a un escogido de mi pueblo.


20 Hallé a David mi siervo;


Lo ungí con mi santa unción.


21 Mi mano estará siempre con él,


Mi brazo también lo fortalecerá.


22 No lo sorprenderá el enemigo,


Ni hijo de iniquidad lo quebrantará;


23 Sino que quebrantaré delante de él a sus enemigos,


Y heriré a los que le aborrecen.


24 Mi verdad y mi misericordia estarán con él,


Y en mi nombre será exaltado su poder.


25 Asimismo pondré su mano sobre el mar,


Y sobre los ríos su diestra.


26 Él me clamará: Mi padre eres tú,


Mi Dios, y la roca de mi salvación.


27 Yo también le pondré por primogénito,


El más excelso de los reyes de la tierra.


28 Para siempre le conservaré mi misericordia,


Y mi pacto será firme con él.


29 Pondré su descendencia para siempre,


Y su trono como los días de los cielos.


30 Si dejaren sus hijos mi ley,


Y no anduvieren en mis juicios,


31 Si profanaren mis estatutos,


Y no guardaren mis mandamientos,


32 Entonces castigaré con vara su rebelión,


Y con azotes sus iniquidades.


33 Mas no quitaré de él mi misericordia,


Ni falsearé mi verdad.


34 No olvidaré mi pacto,


Ni mudaré lo que ha salido de mis labios.


35 Una vez he jurado por mi santidad,


Y no mentiré a David.


36 Su descendencia será para siempre,


Y su trono como el sol delante de mí.


37 Como la luna será firme para siempre,


Y como un testigo fiel en el cielo. Selah


38 Mas tú desechaste y menospreciaste a tu ungido,


Y te has airado con él.


39 Rompiste el pacto de tu siervo;


Has profanado su corona hasta la tierra.


40 Aportillaste todos sus vallados;


Has destruido sus fortalezas.


41 Lo saquean todos los que pasan por el camino;


Es oprobio a sus vecinos.


42 Has exaltado la diestra de sus enemigos;


Has alegrado a todos sus adversarios.


43 Embotaste asimismo el filo de su espada,


Y no lo levantaste en la batalla.


44 Hiciste cesar su gloria,


Y echaste su trono por tierra.


45 Has acortado los días de su juventud;


Le has cubierto de afrenta. Selah


46 ¿Hasta cuándo, oh Jehová? ¿Te esconderás para siempre?


¿Arderá tu ira como el fuego?


47 Recuerda cuán breve es mi tiempo;


¿Por qué habrás creado en vano a todo hijo de hombre?


48 ¿Qué hombre vivirá y no verá muerte?


¿Librará su vida del poder del Seol? Selah


49 Señor, ¿dónde están tus antiguas misericordias,


Que juraste a David por tu verdad?


50 Señor, acuérdate del oprobio de tus siervos;


Oprobio de muchos pueblos, que llevo en mi seno.


51 Porque tus enemigos, oh Jehová, han deshonrado,


Porque tus enemigos han deshonrado los pasos de tu ungido.


52 Bendito sea Jehová para siempre.


Amén, y Amén.


Comentario del Capitulo





Capítulo 45—El retorno de los desterrados


La llegada del ejército de Ciro ante los muros de Babilonia fué para los judíos un indicio de que se acercaba su liberación del cautiverio. Más de un siglo antes del nacimiento de Ciro, la Inspiración lo había mencionado por nombre y dejado registrado lo que iba a hacer al tomar la ciudad de Babilonia de imprevisto, y al preparar el terreno para libertar a los hijos del cautiverio. Por Isaías había sido expresado:


“Así dice Jehová a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha, para sujetar gentes delante de él,... para abrir delante de él puertas, y las puertas no se cerrarán: Yo iré delante de ti, y enderezaré las tortuosidades; quebrantaré puertas de bronce, y cerrojos de hierro haré pedazos; y te daré los tesoros escondidos, y los secretos muy guardados; para que sepas que yo soy Jehová, el Dios de Israel, que te pongo nombre.” Isaías 45:1-3.


En la inesperada entrada del ejército del conquistador persa al corazón de la capital babilónica, por el cauce del río cuyas aguas habían sido desviadas y por las puertas interiores que con negligente seguridad habían sido dejadas abiertas y sin protección, los judíos tuvieron abundantes evidencias del cumplimiento literal de la profecía de Isaías concerniente al derrocamiento repentino de sus opresores. Y esto debiera haber sido para ellos una indicación inequívoca de que Dios estaba encauzando en su favor los asuntos de las naciones; porque inseparablemente vinculadas con la profecía descriptiva de cómo iba a ser tomada Babilonia estaban las palabras:


“Ciro: Es mi pastor, y cumplirá todo lo que yo quiero, en diciendo a Jerusalem, Serás edificada; y al templo: Serás fundado.” “Yo lo desperté en justicia, y enderezaré todos sus caminos; él edificará mi ciudad, y soltará mis cautivos, no por precio ni por dones, dice Jehová de los ejércitos.” Isaías 44:28; 45:13.


Tampoco eran estas profecías las únicas sobre las cuales los desterrados podían basar su esperanza de una pronta liberación. Tenían a su alcance los escritos de Jeremías y en ellos se había indicado claramente cuánto tiempo iba a transcurrir antes que Israel fuese devuelto de Babilonia a su tierra. El Señor había predicho por su mensajero: “Cuando fueren cumplidos los setenta años, visitaré sobre el rey de Babilonia y sobre aquella gente su maldad, ha dicho Jehová, y sobre la tierra de los Caldeos; y pondréla en desiertos para siempre.” En respuesta a la oración ferviente, el residuo de Judá iba a ser favorecido. “Y seré hallado de vosotros, dice Jehová, y tornaré vuestra cautividad, y os juntaré de todas las gentes, y de todos los lugares adonde os arrojé, dice Jehová; y os haré volver al lugar de donde os hice ser llevados.” Jeremías 25:12; 29:14.


A menudo Daniel y sus compañeros habían recorrido estas profecías y otras similares que esbozaban el propósito de Dios para con su pueblo. Y ahora, cuando el rápido desfile de los acontecimientos anunciaba que la mano poderosa de Dios obraba entre las naciones, Daniel meditó en forma especial en las promesas dirigidas a Israel. Su fe en la palabra profética le inducía a compenetrarse de lo predicho por los escritores sagrados. El Señor había declarado: “Cuando en Babilonia se cumplieren los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para tornaros a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, e iréis y oraréis a mí, y yo os oiré: y me buscaréis y hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.” Jeremías 29:10-13.


Un poco antes de la caída de Babilonia, mientras Daniel estaba meditando en esas profecías, y pidiendo a Dios una comprensión de los tiempos, le fué dada una serie de visiones relativas al nacimiento y la caída de los reinos. Juntamente con la primera visión, según se registra en el capítulo 7 del libro de Daniel, fué dada una interpretación; pero no todo quedó claro para el profeta. Escribió acerca de lo experimentado en el momento: “Mucho me turbaron mis pensamientos, y mi rostro se me mudó: mas guardé en mi corazón el negocio.” Daniel 7:28.


Mediante otra visión le fué dada luz adicional acerca de los acontecimientos futuros; y fué al final de esta visión cuando Daniel oyó “un santo que hablaba; y otro de los santos dijo a aquél que hablaba: ¿Hasta cuándo durará la visión?” Daniel 8:13. La respuesta que se dió: “Hasta dos mil y trescientos días de tarde y mañana; y el santuario será purificado” (Vers. 14), le llenó de perplejidad. Con fervor solicitó que se le permitiera conocer el significado de la visión. No podía comprender la relación que pudiera haber entre los setenta años de cautiverio, predichos por Jeremías, y los dos mil trescientos años que, según oyó en visión, el visitante celestial anunciaba como habiendo de transcurrir antes de la purificación del santuario. El ángel Gabriel le dió una interpretación parcial; pero cuando el profeta oyó las palabras: “La visión ... es para muchos días,” se desmayó. Anota al respecto: “Yo Daniel fuí quebrantado, y estuve enfermo algunos días: y cuando convalecí, hice el negocio del rey; mas estaba espantado acerca de la visión, y no había quien la entendiese.” Daniel 8:26, 27.


Todavía preocupado acerca de Israel, Daniel estudió nuevamente las profecías de Jeremías. Estas eran muy claras, tan claras, en realidad, que por los testimonios registrados en los libros entendió “el número de los años, del cual habló Jehová al profeta Jeremías, que había de concluir la asolación de Jerusalem en setenta años.” Daniel 9:2.


Con una fe fundada en la segura palabra profética, Daniel rogó al Señor que estas promesas se cumpliesen prestamente. Rogó que el honor de Dios fuese preservado. En su petición se identificó plenamente con aquellos que no habían cumplido el propósito divino, y confesó los pecados de ellos como propios.


Declaró el profeta: “Y volví mi rostro al Señor Dios, buscándole en oración y ruego, en ayuno, y cilicio, y ceniza. Y oré a Jehová mi Dios, y confesé.” Daniel 9:3, 4 (VM). Aunque Daniel había servido a Dios durante mucho tiempo y el Cielo lo había llamado “muy amado”, se presenta ahora delante de Dios como pecador, e insiste en la gran necesidad del pueblo al cual ama. Su oración es elocuente en su sencillez, y de un fervor intenso. Oigámosle interceder:


“Ahora Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos hecho iniquidad, hemos obrado impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus juicios. No hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, y a nuestros príncipes, a nuestros padres, y a todo el pueblo de la tierra.


“Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en el día de hoy a todo hombre de Judá, y a los moradores de Jerusalem, y a todo Israel, a los de cerca y a los de lejos, en todas las tierras a donde los has echado a causa de su rebelión con que contra ti se rebelaron...


“De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia, y el perdonar, aunque contra él nos hernos rebelado... Oh Señor, según todas tus justicias, apártese ahora tu ira y tu furor de sobre tu ciudad Jerusalem, tu santo monte: porque a causa de nuestros pecados, y por la maldad de nuestros padres, Jerusalem y tu pueblo dados son en oprobio a todos en derredor nuestro.








Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.







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